El autor preestrena película en Avilés, la posible sede de su Film Center sacudida por la prisión de los activistas de Aranoa

«Espero que les guste mi película El sueño de Casandra. Si no, pidan que les devuelvan el dinero. Disculpen que yo no me quede a verla: me voy a cenar, la he visto ya unas 100 veces. Me voy, pero vuelvo en cinco semanas».

Aparte de los 3.000 kilómetros y varios mares que las separan, Avilés y Venecia están bastante lejos. La ciudad italiana, una joya salvada a los siglos, es uno de los destinos soñados del planeta. La española, la hermana pequeña de las ciudades asturianas, un puerto pesquero que en los 70 llegó a ser el de más tráfico industrial de Europa, va encontrando su lugar en el mundo tras la desindustrialización y el olvido.

Hasta hace no mucho había que taparse la nariz al llegar a este rincón astur de 80.000 habitantes, cortesía de la industria que traía el progreso y la polución. De aquello sólo queda la depresión económica que asola al Principado y un desempleo galopante, pero también la belleza natural, el verdísimo glamour que trajo ayer a Woody Allen a estrenar su nueva película, El sueño de Casandra, en la Casa de Cultura de la ciudad.

Exacto: por donde los vieyos del lugar juegan al dominó se pasearon ayer, en primicia mundial pero a la chita callando, Allen, Colin Farrell y Ewan McGregor. Estos dos últimos metafóricamente -protagonizan el filme-, pero el primero disfrutó lo suyo de la hospitalidad de los lugareños, que le persiguieron por la playa de Salinas, el faro de San Juan de Nieva y el precioso jardín francés del Parque Ferrera, por donde Woody -así, sin más, se le conoce ya aquí- piensa rodar parte de su primera película española, aquella que en principio se iba a llamar Midnight in Barcelona, y que iba a contar con Penélope Cruz, Javier Bardem y Scarlett Johansson.

Así que Allen, asturiano de adopción desde que le dieron el Príncipe de Asturias de las Artes en 2002 y colocaron una efigie suya en la calle de las Milicias Nacionales de Oviedo (a la estatua le roban las gafas todos los años hacia octubre, fecha en que se suelen entregar los premios), prefirió Avilés al mismísimo Festival de Venecia para estrenar mundiamente su nueva película.

Aunque hay truco. El neoyorquino, con su habitual camisa mal planchada y los ojos acuosos -muy apropiados para el brumoso día que soportó ayer el Principado-, quiso que sus amigos asturianos vieran la película antes que nadie. Antes, sobre todo, que los periodistas y críticos de todo el mundo. Se trató, pues, de un preestreno casi privado. Es decir: de los 600 asientos de la Casa de Cultura, 400 fueron ocupados para compromisos institucionales y otros 200 por avilesinos que agotaron las invitaciones en 18 minutos el sábado pasado con una regla/exigencia para el taquillero: que no pasara ni un solo periodista. En Avilés, ni The New York Times, ni Le Monde, ni nada de nada.

Como esta última cláusula, por una razón o por otra otra, era imposible de garantizar en la práctica, la gente de Casandra optó por amenzar con «demandas» a cualquier plumilla que osara desvelar cualquier aspecto de la película. Y no es plan.

Tiros largos, bandera roja

El patio de butacas se llenó por tanto de políticos -el Gobierno regional PSOE/IU en pleno- y/o gente importante del Principado a rebufo del personaje y, en realidad, del motivo real de su presencia en Avilés: el Film Center que la Fundación Oscar Niemeyer, vinculada a la Fundación Príncipe de Asturias, le ha prometido a Allen en el Principado. Un proyecto que podría poner a la región en el mapa cultural internacional, y para el que Allen ha prometido contactos de la alcurnia de un Steven Spielberg o un Martin Scorsese.

Pero, en éstas, con todos de tiros largos en la bella Plaza de Domingo Alvarez Acebal, la Asturias roja que se levanta contra tanto «elitismo», se encontró con un inesperado duelo cinéfilo: contra Woody Allen, Los lunes al sol. O casi: unas 40 personas, con banderas rojas y republicanas y megáfonos, protestaban a gritos por el encarcelamiento el sábado pasado de Cándido González Carnero y Juan Manuel Morala. Que no dos sindicalistas anónimos: en ellos dos se basó Fernando León de Aranoa para su retrato de la reconversión industrial de 2002.

En 2005, tres años después del estreno del filme, González carnero y Morara se cargaron una cámara de vigilancia del acuario de Gijón en protesta por el cierre de los astilleros de Naval. Hace tres días, a los dos sindicalistas les caían «tres años en el trullo» aplicándoles «la Ley Antiterrorista", según la versión que sus compañeros exponían ayer con vehemencia.

Así que Woody Allen tuvo que entrar finalmente a la Casa de Cultura por el garaje, mientras fuera, la clase política local escuchaba expresiones de frustración: «Sois la Asturias de charanga y pandereta. Os vais a meter la comilona, os vais a dar el gusto de la culturetada subvencionada, pero el señor Allen, que no tiene nada que ver, se va a enterar de que sois una panda de inútiles. Y que lo que está pasando aquí con el empleo da para una película suya y para varias de Tarantino». Asturias es, desde hace años, la región de Europa con menor natalidad y una de las que sufren mayor paro.

Mientras, adentro, un Allen otoñal de 71 años ofreció al público un pequeño atisbo de stand up comedy, como cuando era un simple cómico: con un foco frontal, micro y telón rojo a la espalda. Dijo lo mucho que le gusta Asturias, alabó también la belleza de «Avilas» y subrayó lo muy importante que puede ser «para el arte mundial» el proyecto del Film Center que se consagrará, dicen, a él. De sus hijas cuidaba en ese momento, además de su esposa, Soon Yi, un asturiano de rojos mofletes: Natalio Grueso, director de la Fundación Niemeyer, amigo personal de Allen y muñidor del citado Film Center, que lleva gestándose tres años.

¿Y El sueño de Casandra? No parece que vaya a maravillar excesivamente, a tenor de la tenue acogida en el patio de butacas (más tenue aún a la salida). Allen sigue en sus escenarios londinenses tan alejados de su natural Manhattan y no pocos avilesinos torcían un tanto el gesto tras el estreno. Pero eso queda, en septiembre, para el Festival de Venecia.

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