VICIOS DE LA CORTE
Cuando, después de un partido de pánico, por fin el Real Madrid derrotó al Mallorca y se proclamó campeón de Liga, al santuario de la Cibeles los jugadores del Real Madrid llegaron en un autobús descubierto. Raúl rodeó, desde una grúa, el cuello de la diosa con una bandera de España que lleva el escudo del equipo. Igual harían los Yankees si pudieran subir a la Estatua de la Libertad. El Real Madrid es el equivalente, la alegoría de ese legendario equipo de béisbol de Nueva York. Nadie ha ganado tantos títulos como los merengues y los del Bronx. Di Stéfano es más reciente que Babe Ruth, pero los dos equipos cuentan con jugadores míticos, los dos apiñan parte de la fantasía y el amor de sus ciudades.
Deshuevándose, la diversión y marcha de los madrileños en el Siglo de Oro fue el teatro, las de los siglos XVII y XVIII los toros, y la de los últimos siglos el fútbol, sin olvidar nunca las corridas ni las repúblicas o las bodas de las Infantas y los reyes. Algo de Madrid les supera a los del Foro; algo más que pasarlo teta, una proeza que nació en esta Babilonia, leyenda urbana que se extiende por el universo, espacio tan complejo que no hay razón para que pueda expresarse con lógica. Se llama Real Madrid. Pero la saga blanca provoca odio. Odio a Madrid, odio al Madrid. Muchos madrileños, que no son de ninguna parte, miran a su ciudad y a su equipo con pasión cuando comprueban que la ciudad y el equipo son la representación del mal para considerables tribus, partidos y parroquias de la nación.
Cuando ganan, los del Real Madrid van a purificarse y a perdonar a sus enemigos a la fuente. Peregrinan hasta la Cibeles al estilo de lo que hicieron los griegos cuando les asolaba la peste y la guerra. La Cibeles es nuestro oráculo, del que siempre obtenemos la misma respuesta: dando patadas a una pelota os salvaréis de la peste del odio. Después de tantos motines, bombazos, guerras civiles, Madrid se vuelca en sus Yankees para olvidar la execración.
La semana anterior al final de la Liga, los colchoneros del Manzanares aplaudían cada vez que marcaba el Barça o le metían gol al Madrid. En los campos de España los goles contra el Madrid son celebrados en las gradas de la mala baba como propios. ¿Acaso no van a perdonar nunca que el Real Madrid sea el último mito español después de Don Quijote, Don Juan o Carmen?
No pueden soportar que haya escuelas, equipos, peñas, círculos desde Oceanía a Alaska y que las fotos de los futbolistas estén en los colegios de Honolulú. El fútbol es el idioma común de todas las razas excepto para lugares de esta grada nacional, tan repleta de veneno.
Los madrileños piden disculpas, porque un gol marcado en el estadio Bernabéu, se escuche en todo el universo.
© Mundinteractivos, S.A.

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