Y he estado divagando. Cerca del cielo, en la alta aldea aranesa de Canejàn, frente a una nítida teoría de abultadas montañas de oscuros abetos, donde habitan el oso grave y la ardilla trapacera. Que culminan con el albo glaciar del Aneto, brillante al sol, cuyo deshielo se filtra en la tierra hasta irrumpir con tumultuosos chorros de agua entre las graníticas rocas de "uelhs deth jôeu", u "ojos de la joia o alegría".

Luego seguimos el grueso curso del Garona, que se dirige al estuario de Burdeos, entre la apacible llanura occitana. Somos la profesora Rosa Cabré, el doctor Ramon Gomis, la antropóloga Maria Àngels Roque, y un servidor que da la matraca con el rey Herodes. Y es que el lascivo y sangriento idumeo, elevado por los romanos a monarca de Israel, fue el único rey del que tuve yo viva noticia en mi infancia: "El rei Herodes s´enrabia", repetía un sainete popular, y era como si la iglesia fuera su sombrío palacio...

¡Ah!: Herodes destronado también por Roma fue confinado aquí, en el almenado pueblo de Comminges. Y reumático como estaba a causa de excesos carnales y pantagruélicos, tomaría los baños en otra población vecina, Bagnères de Luchon, cuyo rancio y peripuesto balneario decimonónico todavía abre.

Y donde de pronto encuentro a la marquesa de O., atractivamente vestida de violeta junto a una palmera enana, en un salón dormido. "¿Se encuentra mal?", pregunto. Amaga una sonrisa: "No, pero como ya no vamos a misa y nadie recibe en su casa, sino que los encuentros con la gente acontecen en la vulgaridad de esos envanecidos restaurantes de París, vengo al balneario; me encanta su tiempo detenido".

Pero nosotros vamos al pueblo de Saint-Gaudens, ordenado e íntimo como son en Francia, que el sábado despliega un sabroso mercadillo con quesos, hongos, fresas, vino, guisantes, todo aromático de la región. Y aquí el tiempo no se ha detenido, sino que no pasa para profundizar en sus dones: los alimentos que al sostener nuestras vidas nos posibilitan el espíritu. Y puestos en esa tesitura llegamos a Balaguer, en cuyo restaurante Morell todavía se cocina con atención al decurso de los sabores. Nos remansamos, pues, en la delicia de un milhojas de espinacas y de un bacalao fresco con cocochas, regados con un afrutado Raimat chardonnay. Y de vuelta a Canejàn, nos sentamos frente a un largo cuadro de Claudio Bonichi, la armonía lineal y sensual de unos sublimados y entrelazados desnudos, y hablamos mucho de la gloriosa etnia bereber, ¿por qué no? El mundo puede ser ancho y glorioso. Por ello, aquí en los pueblos preparan el haro,el gran tronco que la noche de San Juan arderá enhiesto para los viejos dioses.