La larga pretemporada del Tour de Frankfurt 2007 entra en su fase decisiva. El de Frankfurt, como el de Francia, es un Tour que disputan equipos comerciales patrocinados por editores y dirigidos por agentes. Sin embargo, no renuncia a la presencia de las selecciones nacionales, como sucedía antaño en el de Francia, e invita cada año a una. A esa suma de manzanas con peras cabe añadir otro pequeño detalle: la literatura se elabora con palabras y éstas forman parte de un código de signos denominado lengua, cuya área de influencia no coincide necesariamente con los límites de esos entes tan difíciles de definir llamados naciones. En primera instancia, a los escritores nos contratan obras para ser traducidas de una lengua determinada a otra igualmente determinada, y sólo después se discuten, o no, cuestiones de territorialidad. Nuestro bagaje como lectores nos puede permitir acercarnos a textos más o menos complejos, de épocas más o menos lejanas, pero para leer la versión original de Crimen y castigo hay que saber ruso, y para leer L´Atlàntida de Verdaguer, catalán.

Monzó y Porcel serán dos excelentes cabezas de fila porque, amén de su gran calidad, representan dos maneras muy distintas de entender la literatura. En cuanto a la famosa lista de seleccionados, en la que por cierto diría que hay más de un seudónimo, todo el mundo es libre de opinar sobre si sobra o falta alguien.

Personalmente, echo en falta a Herman Melville. Ya sé que era americano, que escribía en inglés y que está muerto, pero nadie es perfecto. Si de mí dependiera, le hubiera cursado una invitación oficial al otro barrio para que formara parte de nuestra selección catalana. Melville es el padre del escribiente Bartleby, ese personaje inconmensurable que resume (y rezuma) en su divisa la esencia de la catalanidad (e incluso de la catalanitud): "Preferiría no hacerlo". Así estamos por aquí, siempre con el sí pero no. En el relato de Melville, Bartleby trabaja en la oficina junto a dos compañeros llamados Turkey y Nippers. El primero es un modelo de eficiencia matinal, pero tras la cervecita de la comida se vuelve insolente e indolente. Nippers, en cambio, se pasa las mañanas gruñendo pero trabaja bien por las tardes. A mí me parecen un reflejo notable de la mala convivencia habida entre las instituciones restauradas y las entidades sociales del catalanismo. Bartleby se adelanta un siglo y medio al abstencionista contemporáneo, pero no es la única criatura perdurable de Melville. También están Benito Cereno, Billy Budd, el arponero caníbal del Pequod Queequeg y el mítico capitán Ahab. La obra de Melville entera parece escrita para describir las diversas líneas de fuerza de la literatura catalana. Una rebelión de esclavos acaba con la vida del capitán español Benito Cereno, Billy Budd es acusado falsamente de conspiración y muere - "an angel of God, yet the angel must die"-, bendiciendo justamente a quien le condena y, por último, a bordo del Pequod los lectores experimentamos una de las tragedias más intensas de la historia de la literatura.

Sin ninguna duda, Herman Melville debería estar en Frankfurt a nuestro lado. Tal vez así explicaría a quienes nos pintan como capitanes Ahab que seguimos siendo Moby Dick, la ballena blanca.