La política catalana es un monstruo sin cabeza, un torpe artefacto medio ciego que se pierde diariamente por los laberintos de la inercia centralista y la anestesia tripartita. La corte de asesores temáticos del president Montilla en Palau hace bien su trabajo (a imitación de los fontaneros de la Moncloa), pero no puede convertir en auténtico líder del país a quien sólo es el vigilante ordenado del silencio oficial. El país no tiene liderazgo y la ciudadanía lo intuye.
El problema de la banalidad de nuestra política no es el sano y necesario ejercicio de crítica de los amigos del programa televisivo Polònia,sino la pérdida de autoridad esencial de los que han cogido el timón de la nave. Sin autoridad todo es banal, porque carece de sentido y de convicción. Sabíamos que la jubilación de Jordi Pujol acababa con el tiempo de los fundadores de la democracia, pero era difícil imaginar que seríamos sepultados por el gris más denso.
En este cuadro, hay dos dirigentes que no sufren, por ahora, sobre su futuro inmediato. En el PSC, Montilla es el jefe indiscutido y los legítimos sueños de mando de una Tura o de un Castells sólo están relacionados con un hipotético gran seísmo en el campo socialista. En ICV, Saura, a pesar de las agudas contradicciones que le rodean, sigue teniendo bien cogidas las riendas de la organización, como si de un negocio familiar se tratara. Más allá, en el azaroso mundo del PP de Catalunya, Piqué no ha conseguido ser amado ni ha logrado grandes conversiones, pero es el mejor activo que ha tenido nunca aquí la derecha centralista, a años luz de cualquiera de sus posibles relevos. Es en el universo del nacionalismo catalán donde los liderazgos están sometidos hoy a debates, pugnas y polémicas bastante desbocadas y un mucho de suicidas.
Puigcercós ha solemnizado, en una entrevista en La Vanguardia, su aspiración a ser candidato a presidente de la Generalitat por ERC en las próximas elecciones al Parlament. Es una historia bien conocida y poco disimulada, que ahora emerge con redoble de tambor. Algunos ven en ella una repetición fatal y dramática de ese gen autodestructivo que genera, cada cierto tiempo, crisis y escisiones en la casa que fundó Carod-Rovira aguanta en su conselleria y es alabado como la pieza más sensata por los socialistas, quienes en privado dicen pestes de sus socios imprevisibles. ¿Por qué romper ahora el tándem Carod-Puigcercós que funcionó bien en las urnas? Muchos votantes de ERC, alejados de las disquisiciones domésticas de los cuadros y altos cargos del partido, no entenderían que al de Cambrils le den la patada sin más. Además, no hablamos de dos proyectos diferentes.
En CiU, las habituales discrepancias entre Mas y Duran Lleida llevan a muchos militantes convergentes (no a los votantes) a soñar con la ruptura de la federación, para que el líder democristiano "deje de ser un problema". Esto se agudiza ahora, con la perspectiva de las elecciones generales, en las que el jefe de Unió será el cabeza de lista. Y se ve recalentado también por hipotéticas ofertas de colocar ministros nacionalistas. ¿Podría entender el electorado de CiU que el forcejeo desemboque en fractura? Ello incrementaría el desconcierto y la desmovilización de las bases, aunque algunos ingenuos creen que "clarificaría las ofertas". El imperativo del catalanismo político desde siempre es "sumar y no restar". A pesar de los pesares, Mas y Duran Lleida suman. Al igual que lo hacen Carod y Puigcercós.
El nacionalismo errará el tiro si, en lugar de sumar activos y trazar buenas hojas de ruta para superar lo gris, se desgasta discutiendo, antes de hora, sobre personalismos.
Sería una enorme estupidez.

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