A falta de mayores discusiones sobre la amplia victoria de Nicolas Sarkozy en las elecciones legislativas - transformadas en una especie de cuarta vuelta de las presidenciales, por la proximidad entre ambas votaciones-, toda la atención de la política francesa se sitúa en la ruptura de la pareja sentimental conformada por François Hollande y Ségolène Royal. Al cierre mismo de los colegios electorales, la hace pocas semanas aspirante al Elíseo anunció su ruptura sentimental con el primer secretario del Partido Socialista francés y la acompañó de un órdago político importante: reclamar el mando del partido y apartar a Hollande. Aunque no tendríamos necesidad de acudir a Francia para explicar lo que va de una victoria electoral a una derrota y las repercusiones más allá de la política, no deja de ser llamativo observar cómo las discrepancias en el matrimonio Sarkozy tienden a ser rebajadas - ¿por cuánto tiempo?- tras la victoria de la UMP mientras a Hollande y Royal les ha pasado justamente lo contrario. ¿Es ambición lo que encarna la actitud de la aspirante socialista? Es posible, pero oyendo a su hasta hace pocas horas pareja parece que solo él pueda aspirar a liderar el partido y que todos los movimientos de Royal sean puramente desestabilizadores. Olvidando que, hoy por hoy, para la necesaria refundación de la izquierda francesa y su credibilidad, Ségolène Royal es imprescindible.