BULEVAR

Empezó a decirlo en 1940 en el New Yorker Dwight McDonald, crítico de teatro y libros elitista y anarcotrotskista, en aquel artículo que fue puliendo pejigueramente hasta que desembocó en 1960 en la obra maestra de 80 páginas Masscult & Midcult (M&M), en la cual han abrevado todos los profesores de periodismo cultural, pintoresca asignatura que en la universidad española en 1982 el arriba firmante y de la cual este año se despide, jubilación manda. McDonald, cascarrabias arbitrario como Fernando Fernán-Gómez y observador implacable como Quim Monzó, aventuraba predicciones osadas, muchas de las cuales se han cumplido. Predijo, por ejemplo -¡en 1940!-, que las grandes salas cinematográficas para 1.200 espectadores se fragmentarían en seis o diez minisalas, como consecuencia de la atomización en los gustos del público (no predijo en cambio que las palomitas de maíz convertirían esas minisalas en antros de tortura para los cinéfilos refinados).McDonald fue el primero en explicitar que entre la alta cultura (highbrow) y la de masas (masscult) se había introducido una tercera, la midcult, hecha a medida para las digamos clases medias pero con incorporación de estilemas superficiales tomados en préstamo de la tienda highbrow. Políticos y mercaderes del capitalismo salvaje promocionaron la midcult, nuevo opio del pueblo al igual que las supersticiones de siempre (patrias o religiones). Supo ver McDonald, cuando los viejos estalinistas aún hablaban de «proletariado» y de «la tierra para el que la trabaja», que los pobres del mundo capitalista desarrollado (pobres en cultura y por tanto en gustos pero con poder adquisivo medio) serían lo que hoy llaman autopatronos o franquiciados. Entonces, concluía McDonald, ¿qué haremos los que ya un siglo atrás Stendhal definiera como happy few («minorías selectas»)? Poca cosa. Encerrarnos en nuestros guetos confortables e insonorizados para oír nuestras músicas y ver nuestras pinturas predilectas reproducidas cada vez con mayor perfección técnica -etcétera-, mientras el vulgo municipal y espeso de Rubén Darío chapotea en sus griteríos por el Estatut (a favor o en contra), porque el Barça ha perdido la liga (o porque el Madrid la ha ganado) o porque el matador de toros José Tomás ha triunfado en la Monumental de Barcelona, ciudad en teoría antitaurina. Ni siquiera iremos el domingo, aunque la tortura pública de animales nos repugna tanto como a los convocantes de la protesta, a la manifestación antitauromáquica frente al coso de los asesinos. Iremos el lunes (o sea ayer) a la botifarrada del Lliure, porque el teatro es una mentira declarada como tal, es decir: una verdad distinguida. Un lugar donde Romeo y Julieta mueren en escena y al final, vivitos, coleantes y jóvenes, agradecen con una sonrisa de oreja a oreja los aplausos del público. Eso sí, sugeriremos al Lliure que el año próximo encarguen el catering a Ferran Adrià. Eso de la botifarra es una ordinariez ruralizante impropia de una ciudad cosmopolita y refinada como la Barcelona del siglo 21.

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