No pude acabar la visión de Babel, la película que estaba destinada a acaparar Oscar y se conformó con la mejor banda sonora en la edición del 2007. Trataba del efecto mariposa con tres historias que se desarrollaban en paralelo en México, Marruecos y Japón. Me fui antes de que terminara porque era excesivamente larga y ya presuponía el final.

Leo en una enciclopedia, la discutida Wikipedia, que el efecto mariposa es un concepto que hace referencia a la noción de sensibilidad a las condiciones iniciales de la teoría del caos. Su nombre proviene de un antiguo proverbio chino: "El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". Nada que ver con la teoría del caos hegeliana, que, según mis rudimentarios conocimientos filosóficos, se refiere al mundo de las ideas que transforma las sociedades desde el caos.

El efecto mariposa se aparta de la idea de la naturaleza como una realidad mecánica y previsible. El vuelo de una mariposa inesperado puede causar grandes catástrofes naturales en el mundo. La teoría no está probada del todo pero me sirve para aplicarla a la geopolítica del momento, especialmente a la situación de catástrofe previa que el terrorismo radical y nihilista, de procedencia islámica, está dibujando en el mundo.

El primer vuelo de mariposa sería, siguiendo la teoría, la revolución de enero de 1979 en Teherán, con la llegada del ayatolá Jomeini de París, quien echó al sha de Persia y proclamó la última gran sacudida revolucionaria del siglo pasado.

En casi treinta años, aquella llamada al universo musulmán para combatir los ideales occidentales ha tenido grandes consecuencias en el mundo. Ronald Reagan consiguió derrotar a los soviéticos en Afganistán adiestrando a jóvenes islamistas, entre ellos Osama bin Laden, que más tarde se constituirían en un grupo violento y terrorista que acabaría perpetrando el atentado más sangriento y más devastador que ha conocido Estados Unidos.

Aquel primer efecto mariposa costó la presidencia a Jimmy Carter, que vio como eran abatidos en pleno desierto los helicópteros norteamericanos que iban a rescatar a los diplomáticos secuestrados en la embajada de Teherán.

Leo una entrevista de Ángeles Espinosa al rey Saud de Arabia Saudí, publicada ayer en El País,en la que el monarca dice: "Tememos que los conflictos de Oriente Próximo provoquen un estallido mundial".

El panorama es inquietante. Por muy desolador que sea el conflicto sectario en Iraq, con mezquitas destruidas, con chiíes que matan suníes y al revés, con decenas de miles de soldados norteamericanos y británicos a la defensiva, con una guerra fratricida y, a la vez, contra la presencia de tropas extranjeras en Mesopotamia, el conflicto global planteado por Al Qaeda está amenazando la estabilidad en Oriente Próximo con sus fantasías nihilistas que se extienden sanguinariamente entre los palestinos, en Líbano, Afganistán y la propia Arabia Saudí. Otros grupos yihadistas han sido detectados y capturados en aquellos países con buenas relaciones con Occidente como son Egipto, Argelia, Marruecos y Jordania.

Tiene motivos el rey de Arabia para estar preocupado por el efecto mariposa de este fenómeno que apunta hacia Occidente pero cuya prioridad está en hacer saltar por los aires los gobiernos prooccidentales de la zona para poder hacerse fuertes desde posiciones intransigentes y reaccionarias.

Disponen de su propia bomba atómica, que puede resumirse en la lógica de los suicidas: si tu propia vida merece sacrificarse, la de los demás también. No lo entendemos y, lo que es peor, no sabemos cómo combatir esta particular cultura de la muerte.