CANELA FINA
Siempre me ha reventado el doble lenguaje de los Estados Unidos de América en política internacional. Los dictadores que no obedecen sus órdenes son seres abominables; los que las acatan pueden convivir sin desdoro en la sociedad democrática. Estados Unidos ha hecho muy bien en vilipendiar a Stalin, a Hitler, a Mussolini, a Mao Tsé-Tung, a Tito, a Castro, a Sukarno, a Gadafi, a Kim Il Sung... que arrasaron las libertades y los derechos humanos en sus países. Los norteamericanos, sin embargo, fueron aliados estrechos de Franco, de Salazar, de Chiang Kai-chek, de Mobutu Sessé Seko, de Pinochet, de Ne Win, de Suharto, de Marcos, de Trujillo... y de una manera especial de los dictadores del Oriente Medio, enmascarados como reyezuelos, que se enseñorean de Kwait, de Omán, de Qatar, de Bahrein, de Dubai,.... y sobre todo de Arabia Saudí.
Hace unos días conversaba yo en la Fundación Ortega con el catedrático José Varela de nuestra experiencias directas e indirectas en Arabia Saudí. El rey de aquella nación es un dictador absoluto, prácticamente un tirano. El más mínimo vestigio de libertad ha sido erradicado en el país. Los derechos humanos están conculcados. La mujer es sistemáticamente humillada, vejada, atropellada. La más intransigente ley coránica del fundamentalismo islámico se aplica allí de forma inmisericorde.
En Arabia Saudí no hay libertad de partidos. No hay libertad de cultos. No hay libertad de reunión. No hay libertad de manifestación. No hoy libertad de expresión. No hay libertad de nada. No hay libertad ni para vestirse como uno quiera, para tomar la bebida que le plazca, para comer lo que le apetezca. Todo está restringido, todo regulado, todo prohibido. Los extranjeros viven en un gueto. ¿Se imagina alguien que en Roma se prohibiera a los no católicos visitar el Vaticano? Pues en Arabia Saudí sólo los musulmanes pueden ir a la Meca.
No quisiera perder la objetividad. No quisiera dejar de reconocer los aspectos positivos y determinados progresos en aquella nación. Pero no creo que sea exagerado afirmar que, en pleno siglo XXI, Arabia Saudí vive en la más tenebrosa Edad Media.
Lo que ocurre es que los saudíes producen petróleo. Lo que pasa es que sus príncipes dirigentes nadan en dinero. Y Estados Unidos y algunos de los virreinatos del Imperio americano tragan lo que haya que tragar y olvidan lo que haya que olvidar, es decir, la vulneración flagrante de los derechos humanos, porque económicamente les conviene la posición prooccidental de Arabia Saudí.
Su rey, su llamado rey, Abdalá bin Abdulaziz Al Saud, es, como afirmaba antes, un dictador de tomo y lomo. Si al presidente de la República de Cuba le llamamos el dictador Castro, al rey de Arabia Saudí hay que llamarle el dictador Abdalá. Lo que importa no son las formas de Estado, sino su contenido. No sé lo que pensarán los lectores, pero a mí se me cae la cara de vergüenza cuando veo cómo se agasaja en España a un dictador siniestro que tiene a su nación metida en un puño y que oprime de forma implacable a un pueblo donde la mujer se ha convertido en un ser apestado, a la que no se le puede dar la mano y a la que, al menor desliz sexual, se la lapida públicamente. ¿Por qué si muchos protestamos de que se pueda recibir oficialmente a Fidel Castro en España, vamos a hacer la vista gorda con el abominable personaje que estos días nos visita?
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
© Mundinteractivos, S.A.

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