A pie de Caye
Cualquier otro tipo de conversación se hubiera visto condicionada por varias cosas. El contexto, tu propio bienestar, los otros, tu necesidad de aprobación, o la suya. Pero hay un lugar común entre quien comparte la infancia, esa tierra prometida que se esconde en algún rincón de la memoria, con su luz, sus colores desgastados, su risa, sus tardes largas de verano, un lugar compartido en el que, quizá, no fuiste excesivamente feliz, o sí, pero que recuperas como el manido paraíso. Es curioso. Alguien a quien no ves desde hace 15, 20 años, con quien no has compartido nada de tu vida, de la única vida en realidad, porque lo otro ya tiene la extraña consistencia de un sueño; alguien que no sabe quién eres, pero que te recuerda en casa de sus padres, o de los tuyos, entre sus cosas, alguien que pasó de ser imprescindible a ser, poco a poco, invisible, pero al que reconoces en el primer instante de esa conversación, sólo con el primer timbre de voz, como algo tuyo. Ese lugar común que hace posible que te mires en él, o en ella, y te veas. Te reconoces en sus gestos, en el sentido del humor, en la sonrisa, te reconoces y te apruebas. Parece que dejasteis de hablar ayer, que la broma es la misma, que el código de comprensión no se cuestiona, ni se cambia, se plantea al mismo ritmo y con la misma carcajada que interrumpía un silencio sagrado en plena clase o el secreto compartido del último amor.
Nuestro colegio cumplía 50 años. El cole, el Santa María del Camino. Un colegio con árboles, pupitres de madera, leche con galletas, y mucha niña bien con sed de mal. El equilibrio, en casa. Me encontré con Simoneta Gómez-Acebo en la puerta de atrás y me salvó la vida. El túnel del tiempo me dilataba las pupilas. Entramos de puntillas, nos sentamos en el último banco con unas cuantas de su clase -porque no estaba Maca, ni Leti, ni Valme, ni Carla, ni Ana Elena, ni Lola, ni Cristina- y la boca abierta. Bajo los años, intuíamos a las profesoras de dibujo, de ciencias naturales, de gimnasia, de física; a Solita y Pilar, Carmen Roure, Joaquina, Mariuca, Angie y Marilés. Ellas entornaban los ojos jaleando la memoria para no cometer errores y yo intentaba ordenar los recuerdos, a golpes entre la cabeza y las emociones. Ahora todo resulta más pequeño. Tú por el mundo, y el decorado de tu infancia intacto y revisado por más infancias que volverán un día a aquél rincón de tu pasado. A tu pupitre, a ese lado de la mesa del comedor, o a las hojas de morera para los gusanos de seda. Y en ese decorado, el de mi infancia, aparecen de pronto las Infantas, que forman parte de ese lugar revisitado a trazos gruesos, que te invade de pronto, como un antiguo amor, por el olor a primavera, o por un nombre, o por una canción. «Felicidades Cayetana, he leído que cumplimos los años el mismo día». Y es verdad, Doña Cristina, Alaska y yo nacimos el día de San Antonio y es algo que de alguna manera me acompaña, forma parte del abanico de las pequeñas cosas que pasan en la vida, la misma que no para nunca de ponerte a prueba. «Gracias... Siempre me acuerdo». Y allí, sobre la marcha, reconociendo genes a pesar de la piel y de las experiencias, reconociendo tus recuerdos y comprobando la verdad, me crucé con mi propia vida. Con la mía y la de todas ellas, las que estaban y las que no habían ido por pereza, por miedo, o por vergüenza. Y retomamos la conversación al mismo ritmo, con el mismo sentido del humor, y en el mismo lugar en el que se quedó.
© Mundinteractivos, S.A.

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