La Coctelera

Reggio

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19 Junio 2007

Cuando Blanco es el ejemplo, de Daniel Martín en Estrella Digital

Este pasado fin de semana se ha podido leer en un periódico una entrevista a Miguel Bosé en la que el artista (?) decía que, durante siglos, hemos vivido bajo la dictadura de la heterosexualidad. La corriente de opinión mundial más estridente pretende convencernos de que ser heterosexual es tan malo como ser machista. Al otro lado de la avenida de lo políticamente correcto —enfermedad del alma que pudre el sentido común— se sitúan esas feministas que exigen monedas de euros con efigies de ilustres señoras, que el Rey y Cervantes son, los dos, hombres: ¡qué horrible injusticia! Mientras tanto, la voz que más suena en España es la de José Blanco, que no ha obtenido ninguna legitimidad en las urnas y que tan solo representa a un partido político, que así se confunde, en esencia y existencia, con el Gobierno (?) de la Nación (?).

Como demuestra el anterior, un solo párrafo puede resumir el inacabable galimatías que desfigura y afofa la realidad nacional. Cualquiera puede decir cualquier gilipollez mientras se respeten las estrictas normas de la corrección política. Decir algo, aunque sea entre amigos, que escape a la amoralidad y la estolidez dominantes puede ser objeto de crítica, de reprimenda incluso. Por el contrario, mientras uno siga los cauces que marcan esos gurús que tan bien representan al busto de la fábula, se puede decir cualquier chorrada sin que nadie se atreva a decir: “¡Menuda tontería, chaval!”.

España sufre muchos males, aunque José Luis Rodríguez Zapatero se empeñe en decir que nuestro único problema es ETA —ni siquiera acepta el terrorismo islámico o la inmigración ilegal como asuntillos preocupantes—. El peor de todos, en semejanza a nuestro entorno pero en versión agigantada, es la pérdida de la cordura racional. Las viejas reivindicaciones feministas y de las minorías aquí han cobrado una especie de aura mística que las convierte en poco menos que en religiones de fanáticos castradores. El macho ibérico es el peor ejemplar que jamás ha pisado la Tierra. Por otro lado, el sistema político, una oligarquía de mediocres con listas cerradas y parlamentos con aires de club de golf, ha tergiversado la realidad democrática para dividir a los españoles en unos indolentes seguidores de unas siglas sin mayor contenido que el de unos rostros melifluos y unos cerebros vacuos.

El germen principal de la estulticia generalizada es un sistema educativo donde no funciona absolutamente nada. Los planes de estudios, tras la LOGSE, LOCE, LOE y LOU, han generado un sistema de mínimos conocimientos que permitirán a muchos alumnos llegar a la Universidad sin saber quién era Carlos I, dónde está Surinam ni, aunque tengan una idea aproximada del concepto del sintagma, cómo leer y escribir con una mínima solvencia. Para ahondar en el problema, la educación depende de las Comunidades Autónomas y no del Gobierno. Así hemos conseguido que un estudiante, por ejemplo, de Madrid o de La Rioja aprendan qué ríos pasan por sus provincias antes que los ríos de España y Europa. Y la selectividad, con muchas más plazas universitarias que estudiantes, es un examen ridículamente fácil, otro trámite más en un proceso donde lo difícil es no saber lo que te preguntan —el lema educativo español debería ser ¡Que aprueben todos manque pierdan!—.

A esto se une el clima general de la ley del mínimo esfuerzo donde el alumno y sus benditos padres tienen la sartén por el mango. Los derechos de los alumnos destacan ante la indefensión teórica y fáctica de los profesores, que sólo con vocación y dedicación consiguen llegar a fin de mes con algo de dinero en el banco y sin una soga alrededor del cuello —colocada no siempre voluntariamente—. Y cuidadito con suspender a nadie en junio, que la sociedad a la que esos padres pertenecen exige unas vacaciones sin preocupaciones. Después de todo, repetir curso es poco menos que imposible, así que da igual aprobar en junio que en septiembre, ¿no?

Así, el sistema educativo surte de nuevos individuos dóciles, hedonistas y despreocupados a una sociedad atocinada, apática, consumista y egoísta, absolutamente alejada de la idea de grupo, que disfruta de una existencia donde el rigor, la exigencia y el sentido común, más que proscritos, están sepultados en el olvido popular. Todo con el apoyo inestimable de unos medios de comunicación que son los primeros en divulgar y sancionar como brillantes o válidas las chuminadas que sueltan los personajes más populares de España.

Antiguamente, los jóvenes eran la fuerza rebelde que hacía reaccionar a las sociedades. Ahora, son los que refuerzan la ignorancia, el papanatismo y la disgregación del conjunto nacional, fruto de la Transición y la pésima aplicación de una mala Constitución, de una sociedad que permite que cualquier chorrada de cualquier chorra adquiera aires de máxima filosófica. No es que vivamos, o suframos, tiempos mediocres. Es que estos serán, pronto, brillantes con respecto al futuro que se avecina. Futuro que siempre ve luminoso nuestro optimista presidente del Gobierno, que no es sino consecuencia y causa, culpable y víctima, fiel reflejo de un país sin sociedad, de una Nación sin bandera ni himno, de un país sin élite ni masa, sólo individuos en continuo día de campo.

dmago2003@yahoo.es

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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