La manoletina de José Tomás es equiparable a un movimiento de danza de un gran bailarín ejecutado, para más mérito, bajo la presión de la muerte en embestida. Ésta es una mera apreciación personal que en absoluto fundamenta un análisis positivo del conjunto de la velada.

Las crónicas de los especialistas califican de éxito la corrida de la Monumental, al tiempo que los convocantes de la protesta antitaurina se felicitan por haber movilizado a miles de personas. La tarde de toros sigue generando opinión.

Otra cosa son los hechos. La esporádica irrupción de un personaje con la genialidad y el carisma de Tomás pone de tarde en tarde el toreo a la altura de otros espectáculos de masas. Por lo demás, la llamada fiesta nacional tiene una capacidad de atracción menguante. No pocas plazas sobreviven gracias al turismo de sol y topicazo. La escenografía, el boato que requiere el proceso de aturdir y sacrificar un toro suponen un doble lastre: implican una elevada inversión que amenaza la rentabilidad del espectáculo, a la vez que ahuyentan a un potencial público juvenil que ya está por otro tipo de referentes culturales que el compás del pasodoble. Por no hablar del derramamiento de sangre en tiempos de creciente apego a lo natural. Con todo, es esa misma querencia por el esplendor del pasado la que puede explicar la presencia en la plaza de ciudadanos no necesariamente aquejados de esnobismo ni de casticismo crónico.

Abandonar el cotidiano discurrir del Eixample un domingo de junio del 2007 para participar de una tradición ancestral es una suerte de viaje en el tiempo, una huida de la rutina cada vez más difícil de emprender en nuestras ciudades previsibles y estandarizadas. Incluso asumiendo, como seguro hacen buena parte de quienes fueron a la plaza, que la violencia de la espada es imposible de justificar con argumentos racionales y que la imagen de un señor vestido de luces llevado a hombros por la calle Marina es, cuando menos, estridente. También en una cierta morbosidad puede radicar el encanto de los toros, si sabemos admitir que esa curiosidad malsana nos es tan propia como nuestras virtudes.

Porque somos en esencia contradictorios e imperfectos, ¿es de recibo que sea esta fiesta en declive una preocupación principal de los defensores de la fauna? ¿Puede acusarse de insensibles a los espectadores del domingo sin reflexionar de forma más global sobre nuestra compleja relación con lo animal (uso alimentario, experimentación, trato degradante como mascotas, caza deportiva, acoso turístico en las reservas…)? La propia ERC, que se afanó desde el gobierno municipal en su intento de destaurinizar Barcelona, hizo bandera de la gestión del zoo en lugar de desmantelarlo, tratándose como se trata de un modelo de conservación desfasado que en todo el mundo ha acabado degenerando en auténticas cárceles de animales. Del despropósito deben quedar al margen los empleados que con tanto cariño cuidan de ellos, pero el hecho es que los Copito y otras fieras menos célebres siguen muriendo entre rejas por el único delito de resultarnos exóticas.

Aunque tal vez todo esto será pronto arqueología. Paseando por la Ciutadella, reconoceremos un día con sorpresa los vestigios de la jaula de los monos de la misma forma que, ahora, quien se lo proponga hallará restos de la antigua plaza de toros de Segur de Calafell husmeando entre los patios traseros de determinados adosados.