Antes la ciudadanía creía que su felicidad dependía de la mayor o menor salud de los partidos políticos. Entre el catalanismo y la izquierda catalana hasta se les idolatraba, fe redentorista. Mientras, en Madrid o en el resto de España parece distinto, y sí se les aplaude como al Real Madrid o al desfile de la Legión con la cabra al frente, pero con tiento. ¿Es que el pueblo ya se siente redimido y sólo desea sucedáneos? Aunque a menudo encrespados, pues ya se sabe aquella definición de español como la de un tipo pequeñajo, moreno y cabreado.

Sea como fuere, las cosas parecen haber cambiado, lo hablábamos en Els matins de Josep Cuní con Vicenç Villatoro, Antoni Puigverd y Laura Borràs, a raíz de la furibunda crítica de Joan Rosell, presidente de Foment, la patronal, contra la inutilidad y apocamiento de los políticos - y de Duran Lleida que ha protestado-, incluso proponiendo su sustitución por técnicos. Y habiéndose pedido la opinión a los telespectadores, en su casi totalidad refrendaron la diatriba del empresario.

Y sin que ésta pueda desecharse, habría que exigir que se retrataran todos. Pues si resulta cierto que los déficits catalanes en infraestructuras pueden achacarse demasiado al desvarío de nuestros políticos y a la rotunda satrapía madrileña, ¿qué pasa con el ávido desenfreno de los empresarios? Son ellos quienes, amparados por las leyes elaboradas por la política, han llenado nuestras costas de cemento, con una pasmosa irresponsabilidad ambiental y social, sólo atenta a la ganancia. Incluso la palabra ecología es odiada por demasiados líderes gubernamentales y económicos.

Y si buen número de esas famosas infraestructuras han de servir básicamente para que se compren y circulen más coches, con la alocada mortandad de los fines de semana, que ya ni el miedo a perder el carnet frena, o sea, si sólo se nos encamina a consumir hasta morir en ello o perder el dinero y los nervios, no sé si menos carreteras y más verdor no serían mejores que el asfalto y los choques. En la Barceloneta estaban muy felices con los turistas que paseaban y alquilaban pisos, la barriada presa ya de la especulación, pero ahora los vecinos se manifiestan pues con el jaleo allí no hay quien viva, ni les es fácil conservar su viejo minipiso, pues le ofrecen el doble del valor que tenía.

Porque todo ese economicismo será la conga con su son, pero progreso no es. Como tampoco lo parece que precisamente en Barcelona, donde se derrumban casas y alguna media barriada, el AVE pase por debajo de la Sagrada Família. Lo que ha motivado que incluso la prensa internacional ya se sume a la protesta del vecindario de la obra gaudiniana.