La atención a la información cotidiana de los medios de comunicación nos muestra que sigue el estado de tensión dialéctica entre Catalunya y España. Se trata, es una evidencia, de una tensión que viene de la lejanía de los siglos. Una tensión que hoy, no obstante la fórmula política autonómica que la democracia se decidió a instaurar, se resiste a ceder.

En lo que se refiere a la problemática lingüística, que es la que suele estar en el ojo de los huracanes, han ocurrido en estos últimos tiempos dos acontecimientos que considero de gran relieve. El primero es el lamentable programa de un canal televisivo público (Telemadrid) que despertó el viejo fantasma de la marginación de la lengua castellana en Catalunya en beneficio del catalán. Como si en Catalunya la gente se hubiera vuelto imbécil y echáramos por la borda toda la riqueza atesorada por la lengua castellana y su literatura secular. El segundo acontecimiento es la curiosa y admirable iniciativa de una profesora catalana, que se ha atrevido a introducir la lengua catalana en una escuela privada de Madrid, entre alumnos de corta edad.

El primero de esos dos acontecimientos lingüísticos prefiero olvidarlo. Como a muchos catalanes, es algo que me entristece, que me solivianta, que me agota el alma. El segundo, en cambio, me parece francamente original y altamente loable. Y no sólo eso, sino que podría constituir el inicio de una nueva era en el conocimiento y en el aprecio por los españoles de esa lengua tan hispánica como el castellano, y sin embargo tan ignorada y tantas veces maltratada por los que en España tendrían la obligación cultural de cuidarla - los intelectuales- y la obligación constitucional de protegerla - los políticos-.

He dicho una nueva era porque hasta el día de hoy el abandono y en ocasiones el menosprecio con que, desde la escuela primaria, han sido tratadas las lenguas hispánicas que no son el castellano es absolutamente bochornoso. Esa voluntaria ignorancia lingüística es la que ha propiciado la indiferencia generalizada y con frecuencia, azuzados por motivaciones políticas, el recelo, el rechazo o la animadversión entre la ciudadanía española y la ciudadanía catalana. Los planes de estudio que han dirigido la enseñanza en España nunca se han propuesto educar a los estudiantes para asumir con normalidad la realidad plural de España.

Introducir la enseñanza, o al menos un cierto conocimiento, del catalán y de otras lenguas del Estado podría originar un cambio trascendental en las relaciones culturales y en el entendimiento cívico-político entre los ciudadanos de los diversos pueblos hispánicos. Porque desde el conocimiento de la lengua es más fácil dar el salto hacia la estima de la variedad, hacia la aceptación de la pluralidad y hacia el intercambio profundo de ambas culturas y la relación entre los ciudadanos de los dos pueblos.

No se imaginan los españoles, ni probablemente tampoco los catalanes, el vuelco que podría dar la convivencia cívica y, por ende, las relaciones políticas en el Estado, si se asumiera a conciencia que España es plural y que, por tanto, nada de lo que atañe a las cuestiones lingüísticas y culturales puede considerarse ajeno al Estado y a cualquiera de sus ciudadanos. Para ver eso y actuar en consecuencia hay que ser lúcido de mente y limpio de corazón.

Si nos situamos al margen de la opción secesionista de Catalunya respecto a España y de la opción asimilista de España respecto a Catalunya, debemos decir que estamos todavía en una fase previa de un largo camino hacia la cohesión interna de un Estado español capaz de incardinar a sus diversas naciones. Deben evolucionar las ideas, los sentimientos y sobre todo las actitudes. Si queremos en serio alumbrar una nueva era, es necesario que España comience a mirar a Catalunya no desde fuera, sino desde dentro de ella misma, y es necesario, al mismo tiempo, que Catalunya deje de considerar a España como un adversario insufrible y trate de preparar una convivencia satisfactoria. Ciertos políticos catalanes - Maragall es el último- parecen haber descartado por imposible ese planteamiento. Yo todavía me resisto a abandonarlo, pero aún está por saber qué es lo que piensa el pueblo: el de Catalunya y el de España.

JOSEP MARIA PUIGJANER, escritor y periodista.