Aveces, uno va al médico pensando que tiene un resfriado y le descubren una alergia o un ataque de ansiedad. Un poco de esto es lo que le pasa a CiU, la federación nacionalista que, tras 23 años en el Govern de la Generalitat, está en la oposición y no cuenta con anclaje institucional alguno desde el que jugar fuerte, si exceptuamos la Diputación de Tarragona, varios consejos comarcales y algunos ayuntamientos emblemáticos de gran peso como Sant Cugat o Tortosa. El mundo del nacionalismo mayoritario ha interiorizado ciertos debates que, a mi entender, son falsas discusiones que esconden las zonas verdaderamente sensibles de las que extraer alguna información útil.

Hay tres ejemplos claros de este enfoque erróneo y confuso. El primero consiste en explorar si CiU debe ser más o menos soberanista para ganar votos, denunciando la ambigüedad pujolista como la fuente de todos los males pasados y presentes. El segundo pasa por preguntar con recurrencia, y antes de tiempo, a los oráculos de oriente y occidente si CiU debería tener ministros en Madrid. El tercero se basa en reflexionar obsesivamente sobre la validez del acuerdo entre Unió y Convergència y especular con posibles absorciones o rupturas más o menos dramáticas "para clarificar", según algunos. No digo que todos estos asuntos no estén encima de la mesa de los que dirigen CiU y de los que se dedican a planificar horizontes estratégicos, tácticos y personales. No digo que todo esto no merezca ser considerado en su justa medida. Lo que afirmo es que el futuro de CiU, como fuerza política mayoritaria a la que siguen votando muchos catalanes pertenece a otro campo de discusión, mucho menos endogámica y menos sometida al ambiente de los despachos de los cuadros de partido.

Para empezar a cambiar de perspectiva, les propongo que observen el mundo local, donde se está produciendo lo más interesante y lo más revelador dentro de CiU, no en el plano de la retórica sino de la acción. Estas pasadas elecciones han servido para que la federación que lideró Pujol haya jubilado, finalmente, a muchos de sus veteranos en el territorio. La emergencia de alcaldables de CiU con una edad entre los 30 y los 45 años es una noticia que dice mucho de la fortaleza y capacidad de vigorización del espacio nacionalista central. En ciudades como Figueres, Badalona, Terrassa, Vilafranca del Penedès, Tortosa, Manresa, Berga, La Seu d´Urgell, Mataró o Girona los rostros del cabeza de lista de CiU han concretado un cambio de estilo y de actitud que tendrá un largo alcance, por poco que Mas y Duran Lleida sepan escuchar con atención lo que se dice a pie de obra. Si una de las grandes debilidades de CiU es haber confiado en que Pujol lo ganaría todo eternamente, uno de sus retos actuales es retomar el pulso del mundo local y rascar desde abajo, con paciencia, nuevas fidelidades. Mucho podrían hablar ciertos candidatos noveles de CiU de las reticencias que sus nombres han despertado entre los guardianes de las llamas pujolistas en cada comarca. Para muchas patums del establishment convergente local, el futuro se reduce a dejarse apagar entre lamentos nostálgicos, sin hacer esfuerzo alguno para repensar las cosas. Por suerte, y a pesar de algunas herencias nefastas, gente nueva y sin peajes se ha metido en la aventura de dar a CiU otra ambición. Supongo que Mas sabe que, hoy por hoy, éste es un capital precioso de su partido. Deberá cuidarlo mucho, de ello también dependerá la hondura de su liderazgo.

En segundo lugar, uno de los fenómenos que más debilitan hoy la acción de CiU, sus planteamientos de oposición y su capacidad para lanzar ideas nuevas, es la sujeción inercial a la vieja y caduca lógica gubernamental que fue su norte y guía durante dos décadas. CiU no hace políticas más audaces en muchos campos porque sigue en exceso el dictado de los sectores sociales, económicos y corporativos que eran sus interlocutores antes y que, ahora, besan el suelo que pisa Montilla, como es natural. Pondré un ejemplo muy claro: los dirigentes de CiU, ante ciertos desmanes del tripartito en Educació, prefieren asumir la posición sumisa de la patronal del sector antes que dar cauce a las quejas de muchos padres (miles de votantes de CiU entre ellos) que han visto como las planificaciones de la conselleria han convertido la búsqueda de escuela cerca de casa en un calvario. Luego, que nadie se extrañe si hay electores convergentes que también se abstienen con ganas. El gen oficialista de CiU es tan vivo y ciego que acaba perjudicando a su base social. El diputado nacionalista hoy en la oposición - tal vez un ex alto cargo- sigue pensando como un gestor de la Administración que busca equilibrar presupuestos y favores. Este error es enorme y puede convertir el electorado de CiU en un colador, además de crear gran orfandad política entre sectores sociales amplios que nunca darán el voto a PSC, PP o ERC.

Éste es mi diagnóstico. No se basa en intuiciones, he escuchado a muchos votantes y simpatizantes de CiU a los que poco o nada dicen los debates más enjundiosos que entretienen a los dirigentes de la federación. En la sólida base de CiU está la gente que no vive de la política, la que piensa que Catalunya es una nación y la que antepone la defensa clara de los intereses de los catalanes a otras consideraciones. Es gente que, además, necesita volver a sentir un poco de ilusión y un poco de orgullo frente a un escenario anestesiado en el que todo huele a un omnipresente PSC.