El 20 de septiembre de 1962, el general De Gaulle propuso a la Asamblea Nacional el proyecto de ley que instituía la elección del presidente de la República por sufragio universal directo. Sus palabras de entonces cobran especial relieve ahora, cuando Nicolas Sarkozy ha sido elevado a la presidencia con un número de votos y una participación electoral extraordinarios. Algunas de las frases empleadas por De Gaulle en aquella ocasión parecen pronunciadas para las circunstancias que está viviendo Francia en estos días. Dijo, por ejemplo: "La clave del arco de nuestro régimen (el de la V República creada por la Constitución de 1958) es la institución nueva de un presidente de la República designado por los franceses para ser el jefe del Estado y el guía de Francia". Algo que para el general presidente venía a redondear algo esencial en la Constitución creada bajo sus auspicios. Se trataba de acabar de conferir al jefe del Estado "la carga insigne del destino de Francia y el de la República".
Desde entonces, Francia es una república profundamente presidencialista. Por ley. Pero también por la herencia de la manera como De Gaulle elevó y magnificó el ejercicio de sus muchos y grandes poderes. Llegar al Elíseo, el palacio presidencial, supuso, desde él, heredar la grandeza con que puso muy alto el prestigio casi mayestático de la primera magistratura del Estado. El primer sucesor de Charles de Gaulle, Pompidou, fue como el continuador de su legado político, un presidente con innegable capacidad y autoridad propia pero que venía a ser el íntimo colaborador de un genio que hereda la tarea de continuar su impulso.
Lo curioso es que después políticos de muy distinta procedencia política y hasta social, al ocupar la presidencia, asumieron juntamente con el papel de primer rango que les otorgaba la Constitución y el hecho de ser elegidos directamente por el pueblo, los modos, las actitudes de quien rige lo que se da en llamar república monárquica. Giscard d´Estaing, Mitterrand, Chirac cultivaron con pasión esta vertiente de lo que Max Weber consideraba dominación carismática inherente al cargo que se ocupa.
Unos más, otros menos, con mejor o peor efectividad, todos los presidentes de la V República valoraron e hicieron lo posible por enaltecer y subrayar esta condición carismática. Ytan alto designio recae ahora en una persona que se propone dar la imagen de proximidad, al menos por ahora. Pero que sin duda está dispuesto a ejercer puntualmente todos y cada uno de los poderes y la autoridad de la presidencia. Francia entra en un periodo de aún mayor refuerzo del presidencialismo. Tal vez no carismático, pero de poder ubicuo, activista, dinámico. Al presidente Sarkozy posiblemente no le interese proyectarse con la imagen de un casi monarca. Lo que hará sin duda es mandar, disponer. Francia pasa a ser una de las democracias con mayor concentración de poder en la persona del presidente.
La segunda vuelta de las elecciones generales que se celebra hoy puede aportar novedades de matiz. Pero nada va a alterar la realidad del abrumador triunfo personal de Sarkozy y lo que esto conlleva. La llamada marea azul (votos a favor de la derechista UMP) de la primera vuelta confirmó ampliamente este hecho. La masiva participación en las elecciones presidenciales de mayo y la victoria rotunda de Sarkozy inevitablemente habían de proyectarse sobre los comicios parlamentarios. El efecto Sarkozy ha sido fulminante. Le entrega el país. Y él se apresta a obrar en consecuencia.
Ha habido un seísmo que altera por completo los puntos de referencia de la Francia política. La caída a mínimos y la marginación de los extremos, derecha e izquierda; la reducción aparatosa del Partido Socialista, que le obligará a andar una larga travesía del desierto y emprender un fatigoso trabajo de recomposición de los fragmentos enfrentados. ¿Quién puede hacerlo? ¿Un secretario general en declive, o la madre de sus hijos, que ni siquiera tendrá escaño en el Parlamento y va a trabajar desde su base de poder, una presidencia regional?
A Sarkozy hasta sus enemigos y oponentes le son útiles. Fagocita a sus electores (lepenistas, centristas de Bayrou) y elige entre las filas de sus contrarios a ministros y otros altos cargos. Incluso la victoria electoral del que es su partido (UMP) llega evidentemente condicionada por el previo tirón de las presidenciales. Con el dato a favor del presidente elegido de que la participación en los comicios que le llevaron a la presidencia fue mucho mayor que en los parlamentarios, por lo menos en la primera vuelta.
Hay así una mayoría del presidente, lo cual quiere decir un Parlamento dócil y entregado. Yun gabinete gubernamental que es plural cuando la famosa pluralidad mitterrandista de la izquierda es sólo un recuerdo nostálgico.
Sarkozy es ahora quien aglutina. Puede alardear de que se comporta de verdad como presidente de todos los franceses. Sin que esto le suponga dificultades en conseguir la síntesis de sensibilidades propias de quienes proceden de campos políticos distintos y hasta adversos. Lo cual juega también a su favor. Los tránsfugas se lo deben todo a quien les acoge.
Francia tenía que borrar el bochorno de las elecciones presidenciales del 2002, que llevaron a la segunda vuelta a Chirac y Le Pen. Y lo ha hecho con pocas reservas. Sin embargo, un vuelco de esta naturaleza tiene sus peligros. Nicolas Baverez, definidor del declive de Francia en su obra La France qui tombe,señala algunas anomalías: presidencialismo sin el conveniente contrapeso parlamentario de Estados Unidos; dependencia de los medios de comunicación (en muchos casos por lazos personales con el presidente de los que incluso hace gala), subordinación del poder judicial.
Una enumeración de riesgos que lleva a Baverez a contar entre ellos el de caer en un absolutismo que podría incluso perjudicar la realización del proyecto de Sarkozy, que considera acertado.
El gran envite que espera a Sarkozy no es exclusivo de una Francia a la que tanto se abruma, dentro y fuera, de no ir al paso de los tiempos. Difíciles para las sociedades que se encuentran atrapadas entre la desregulación de la economía de mercado y la conveniencia de evitar el derrumbamiento total de los sistemas de protección y amparo. Sociedades encaradas a la inmigración masiva y sus efectos sociales y culturales. A concepciones del poder político y del crecimiento económico establecidas sobre la base de excluir la equidad y la libertad. A la vulnerable ecuación entre seguridad y respeto del Estado de derecho. Sarkozy se vanagloria de haber compuesto un gobierno representativo de la Francia múltiple al contar con ministros procedentes del PS, los radicales de izquierda y el centrismo de Bayrou. Incluso, mediante la presencia femenina. Pero esta multiplicidad es mucho más amplia, heterogénea y coriácea o, por el contrario, fluida y desconocida que la presente en un hábil reparto de carteras ministeriales.
Sarkozy es un hombre de acción, pragmático y de ideas claras. Se dice de Chirac que se lleva consigo una época nacida en torno a la figura gigantesca del general De Gaulle. Una larga historia de acusados alineamientos de principios y también de política de corto alcance. Chirac recompuso y manipuló el gaullismo una y otra vez y lo deja cohesionado y dispuesto para durar en el poder bajo las siglas de la UMP, que no en vano significaron originariamente Unión para una Mayoría Presidencial. Chiraquiana. ¿Acaso no lo era ya mucho más que gaullista? ¿A Sarkozy, que ha sido chiraquiano solamente para mejor darle el jaque mate a Chirac, le queda algo del gaullismo? La concentración de poder. No el armazón ideológico y cultural.

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