El jueves por la noche vi Amics, coneguts i saludats, el programa televisivo que Josep Puigbó dirige y presenta en el 8, el canal de esta casa. Puigbó entrevistaba al presidente Pujol (a los antiguos presidentes de la Generalitat yo no les cuelgo el ex; el ex se lo dejo a las señoras y señores que hablan de sus ex -"mi ex", dicen- respectivos, y que en muchas ocasiones suena como ecs!). El presidente Pujol, amén de ser un gran político, es uno de los personajes más agradecidos de la farándula mediática de este país. Les confieso que con el presidente Pujol me he cabreado en más de una ocasión, pero nunca, nunca me he aburrido. La noche del jueves, el presidente Pujol se mostró picarón, malicioso, paternalista, zalamero y descaradamente propenso a esa incontinencia patriótica que le hace proferir frases como ésta: "Jo, si no puc ser (léase "si no me dejan ser") català, no sóc res". Y mientras el payés de Rupit suelta la lagrimita, hay quien piensa que después de los muchos años que el presidente Pujol ocupó el poder, es comprensible que ahora se vea así. Pero el presidente Pujol puede permitirse esta y otras frases tan bonitas porque, del mismo modo que el general Franco se murió en la cama, nuestro presidente es consciente de que nadie le destronó. Y, lo que es más importante, de que muchos le añoran.
Me lo pasé muy bien con el presidente Pujol y, sin darme cuenta, me encontré metido en la segunda parte del programa, en la que se abordaba el tema del trazado del AVE y de manera más concreta su vecindad con el templo de la Sagrada Família. No era éste un tema que despertase especialmente mi interés, pero acabé tragándomelo y he de confesarles que quedé sorprendido por la violencia de ciertas intervenciones por parte del público asistente al programa, gentes afectadas por el trazado del AVE, que pasará rozando sus domicilios, y otras que se escandalizaban de las posibles consecuencias desastrosas que dicho trazado podría tener para el templo del señor Gaudí, al que alguien, sin pudor alguno, se atrevió a calificar como la mayor joya arquitectónica del mundo.
Yo vivo a cuatro o cinco cuadras de la Sagrada Família. Desde una de las ventanas de mi pisito diviso un par de torres del templo que surgen detrás de un edificio de pisos que tengo enfrente. Cuando amanece, mientras le doy la comida a mi gato, esas torres, con el vuelo y los gritos de las enormes gaviotas que anidan en el tejado del edificio de enfrente, ofrecen un aspecto un tanto siniestro. Para mí, la Sagrada Família es algo monstruoso, genial, si ustedes quieren, algo único, y como tal lo acepto, e incluso lo respeto. Pero no me gusta. Hace cuarenta años, me convencieron de que el templo debía quedarse tal como lo dejó Gaudí, que no había que proseguir las obras. Actualmente, no sabría qué decirles. Hay partes del nuevo edificio que me parecen muy aceptables, pero también hay alguna que otra escultura que me da cien patadas. Lo cierto es que, aparte de esas siniestras madrugadas, el templo no forma parte de mi mundo, de mi barrio. Hubo un tiempo en que sí, cuando mi amigo Juan Marsé vivía en un piso de la plaza -fue entonces cuando escribió el cuento El vampiro de la Sagrada Familia-, pero hoy en día solo la frecuento muy de vez en cuando, especialmente cuando voy al Michael Collins, un pub de la plaza, a ver un partido de rugby. No me gusta la Sagrada Família, pero la respeto, como respeto y comprendo a todos aquellos a quienes les gusta y se muestran dispuestos, como el señor Joan Rigol, presidente delegado del templo, a llevar el actual trazado del AVE a los tribunales si ello fuese necesario. Y, además, no hay que olvidar, como me decía el señor Trias i Vidal de Llobatera, que la Sagrada Família es "un gran negoci", y con esas cosas no se juega.
A mí, del AVE, más que el trazado -que lo deseo con todas las garantías, respetuoso en lo posible con todo tipo de sugerencias- lo que me interesa es que llegue cuanto antes a la frontera con Francia, por aquello de que "si no puc ser català... almenys que pugui fotre el camp".
Y siendo catalán, también, y a veces con mayor motivo. Eso es algo que tengo muy claro desde mi tierna infancia. Dicho esto, comprenderán ustedes mi enfado, por no decir otra cosa, cuando me he enterado de que la llegada del AVE a la frontera con Francia se retrasa tres años más de lo previsto -por razones de seguridad, dicen-, hasta el 2012. El señor Solbes le quita importancia a la cosa, afirmando que un retraso de tres años es una nimiedad frente al escaso interés que muestra el Gobierno francés en hacer llegar el TGV, el tren de alta velocidad francés, de la estación de Montpellier a la de Perpiñán. Si el señor Solbes estuviese acostumbrado a coger como yo el Talgo, ese gusano asqueroso, dejado de la mano de Dios, con destino a Montpellier, seguro que no diría semejante tontería. Señor Solbes: lléveme en una hora escasa o en menos a la frontera, que allí ya me las arreglaré yo para llegar a Montpellier. Y una vez allí...
Para el cronista de las terrazas, que todavía pilló el Orient Express, el tren de alta velocidad es uno de los mejores regalos que podían hacerle. Viajar de París a Marsella en tres horas -desayunar en París, almorzar una bullabesa en Marsella y regresar por la tarde- es una delicia. Al igual que viajar de París a Londres en dos horas y cincuenta minutos. O de París a Lyon, a Nantes y a Burdeos. O de París a Bruselas y, desde hace escasos días, a Estrasburgo en dos horas veinte minutos. Y de allí hasta Frankfurt (tres horas y media), Stuttgart, Munich...
Eso sí, me gustaría que el AVE saliese de Barcelona, de la ciudad, a ser posible de la estación de França, que es uno de los sitios más emblemáticos de mi Barcelona -parte de la cual ya no existe-. Coger el AVE a las ocho, después de desayunar en el restaurante bar de la estación, el del viejo Regàs, antaño tan concurrido y hoy tan triste, y llegar a París, en una de las estaciones de la capital, a la hora del aperitivo, antes de ir a almorzar. Y regresar por la tarde, con el último tren. Un viaje que se puede hacer cómodamente, con una buena petaca de whiskey y una buena novela, sin el coñazo de los aeropuertos.
Lo primero que haré cuando me pongan los dientes nuevos será irme a París, a la estación del Este, y coger el TGV hacia Estrasburgo. Me tomaré una copa en una terraza frente a la catedral -en la que el joven Goethe solía subirse a lo más alto para curarse el vértigo y que, entre nosotros, me gusta mucho más que la Sagrada Família- y luego me iré a almorzar al Crocodile. El Crocodile, donde reinan Émile Jung y Monique, su mujer, es una de las mesas más selectas de Estrasburgo y de toda Francia. Se ganaron a pulso las tres estrellitas de la Michelin, luego perdieron una, ignoro si la han recuperado, pero da igual, tanto con tres como con dos estrellitas, yo siempre he comido estupendamente en el Crocodile. Ahora, con la llegada del TGV, Émile se ha inventado un menú para festejarlo. El menú (a 115 euros por persona, 168 con los vinos) recorre la misma geografía que recorre el TGV de París a Estrasburgo. Así, cuando el tren se acerca a Reims, Émile nos sirve de aperitivo una "mousseline de petits pois, espumas de tomates et des poivrons rouges, oeuf poché à coeur, nuage de lime", con una copa de champán Grande Dame 1998 (Veuve Cliquot). Pasando por La Rochelle, Émile nos ofrece una "chartreuse de caille farcie au foie gras, émincé de chou vert, de carottes et de jeunes navets, sauce déglacée de Madère", y con ello un pinot noir Obere Hund 2003 (Jean-Pierre Bechtold de Dahlenheim). Y así hasta llegar a Estrasburgo, donde, para concluir el viaje, nos sorprende con el Oro del Rin, una esfera de chocolate que esconde "un coulis d´orange et de citron brûlant, poudre d´or", acompañado de una copa de Vranken-Pommery, Cuvée Louise 1998.
Si los franceses fueron pioneros en el tren de alta velocidad, los italianos son novatos en la cosa, lo cual, dicen, va a permitirles aprovecharse de los últimos adelantos en tecnología. A finales del próximo mes de julio, el Gobierno italiano tiene que presentar en Bruselas el trazado definitivo del tren de alta velocidad que ha de unir Turín con Lyon, y que comprende un túnel bajo los Alpes, uno de los mayores del mundo. Ese trazado es una parte del corredor 5 que en un futuro tiene que unir Lisboa con Kiev, pasando por Madrid, Barcelona, Marsella, Lyon, Turín y de allí hasta Kiev, pasando por Milán, Venecia, Trieste, Liubliana, Budapest... Vamos, que se me hace la boca agua. ¿Comprenden ustedes por qué me joroban esos retrasos por cuestiones de seguridad -perfectamente previsibles y subsanables- y esas inoportunas salidas del señor Solbes? Por favor, déjenme ser europeo de alta velocidad, déjenme mirar a Europa a través de la ventanilla, mientras me bebo mi whiskey (irlandés) y leo una vieja novela de Simenon, de Svevo, de Stefan Zweig o de Sándor Márai.
P. S. En qué diablos estaría pensando yo cuando en mi anterior crónica, cometí la indelicadeza de cambiarle el nombre a mi querido Pericot, mi compañero de colegio. Lo llamé Lluís cuando su verdadero nombre es Josep, Josep Pericot Ayats. Pido disculpas.

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