Hace años que los profesores de enseñanzas medias alertan del bajo nivel que tienen sus alumnos. El afán de las autoridades educativas de nuestro país por igualarlos a todos con el objetivo de que los más lentos tengan las mismas posibilidades que los más espabilados, ha acabado por perjudicar más a éstos de lo que benefició a los primeros. Ante un nivel educativo que cada curso es más bajo que el anterior, era sólo cuestión de tiempo que acabara notándose en la Universidad. Hoy, los profesores universitarios pueden dar fe de las lagunas, cada vez mayores, que encuentran en sus alumnos, algo que los estudiantes arrastran de los felices tiempos del instituto y quizás de más atrás. Los agujeros formativos de las nuevas generaciones no sirven para explicar que haya exámenes universitarios que aprueba menos del uno por ciento de los estudiantes. Es un porcentaje excesivamente bajo para atribuirlo a una carencia generacional, pero la noticia de que una asignatura de primero de Medicina en la Universidad de Oviedo la han suspendido 145 de los 146 alumnos llama la atención sobre la crisis de nuestro sistema educativo. Eso, si aceptamos que tenemos un problema, algo que no parecen aceptar quienes se empeñan en ponerle toda la carga de la prueba al profesor y no a sus pupilos. Ante noticias así, las miradas inquisitivas se dirigen siempre al maestro, nunca a los alumnos. Se le obliga a demostrar que no se equivocó presuponiéndoles a los futuros médicos más sabiduría de la que en realidad atesoran. Quizás en este caso sea cierto, pero deberíamos asumir que no siempre es así.

Nacho Monserrat. Periodista.