30 años en una sola España, de Francisco Erice Sebares en La Voz de Asturias
Hace ahora treinta años. El 15 de junio de 1977, transcurridas cuatro décadas desde las últimas elecciones democráticas celebradas en nuestro país, los españoles acudían de nuevo a unas urnas que ya no eran orgánicas. Atrás quedaba la reciente muerte del dictador, precedida dos años antes por la de su delfín Carrero Blanco, supuestamente destinado a garantizar que, tras la desaparición del Caudillo, todo quedara "atado y bien atado".
Los comicios venían enmarcados por la Ley de Reforma Política aprobada en referendum meses antes, ante la impotencia de una oposición cada vez más subordinada a la iniciativa de los sectores reformistas del régimen. Se iniciaba así una dilatada y compleja transición.
Aquellas elecciones han sido justamente descritas como una fiesta. Los mítines se llenaban como nunca después volvería a suceder. Los carteles, caravanas, lemas y canciones representaban un espectáculo inédito que reflejaba, sin duda, muchas esperanzas. Pero se insertaban --no conviene olvidarlo-- en una operación política diseñada al servicio de un cambio perfectamente controlado en sus ritmos y objetivos. El Partido Comunista conseguía la legalización in extremis, sólo dos meses antes, mientras otras fuerzas de lo que luego sería izquierda extraparlamentaria sufrieron incluso un trato peor.
El resultado favoreció a un partido amalgama de reformistas del régimen y de la oposición templada (la Unión de Centro Democrático), seguido de una fuerza con siglas de la izquierda histórica (PSOE) pero fruto de una urgente reorganización. Todo ello en detrimento de los más próximos al Franquismo (Alianza Popular) y de quienes habían protagonizado la acción más abnegada y tenaz en la resistencia (el PCE). También reflejaba la pujanza insoslayable de algunos nacionalismos periféricos. De esta forma se consolidaba el espacio moderado que permitía a la nueva élite política dirigir el proceso sin sobresaltos, bajo un sistema (la monarquía parlamentaria) tranquilizador no sólo para los grandes intereses económicos, sino también frente a otros poderes fácticos como el militar.
LA CARTA MAGNA
La Constitución de 1978 consagró luego los nuevos equilibrios bajo la advocación del llamado consenso, peculiar eufemismo (en el fondo, más que acuerdos voluntarios, reflejaba la correlación de fuerzas existente) que recogía las libertades básicas, garantizaba la hegemonía social de las clases dominantes, reestructuraba la articulación territorial del Estado y reforzaba la obliteración de los vínculos con la anterior experiencia democrática (la de la Segunda república).
De estos primeros años parten algunos de los mitos del nuevo régimen: entre otros el de una transición pacífica y armónica, producto del acuerdo de los notables de uno y otro bando; e incluso pilotada por personajes concretos (Adolfo Suárez, el Rey y hasta el mismo Juan de Borbón), ignorando la presencia de una lucha popular dura y pertinaz que, si bien no logró por sí misma derrocar a la dictadura, al menos impidió cualquier tipo de continuismo político postfranquista.
El resultado ha sido, en opinión de algunos, brillante, hasta el punto de que el modelo español ha sido ofrecido como solución incluso para procesos muy diferentes al nuestro; la estabilidad institucional y la prosperidad de un país elevado a gran potencia económica así lo demostrarían. Para otros, representó el lampedusiano logro de quienes consiguieron cambiar las formas (políticas) para impedir que se modificaran los contenidos (sociales), generando una democracia de baja calidad, llena de cortapisas (sin posibilidad de elegir la forma de Estado, plagada de corrupción y desigualdades); un sistema que garantizaba la impunidad de los responsables de tantos años de opresión y de sangre.
Lo cierto es que, frente a la leyenda del cambio modélico, pronto surgiría lo que empezó a denominarse el desencanto; eso que ilustraba musicalmente Lluís Llach con el título de una de sus canciones (Companys, no es aixó). El "precio de la transición" del que hablara años más tarde Gregorio Morán, nos convertiría en un "reino de desmemoriados" cuyas secuelas estaríamos viviendo ahora, cuando, por cierto, los resultados de esta transición tan celebrada ofrecen claros síntomas de haberse agotado.
Francisco Erice Sebares, Profesor de Historia de la Universidad de Oviedo.
