LAS PRIMERAS ELECCIONES 30 AÑOS
Fue el miércoles de más corbatas de la historia de España. Nos pusimos la corbata, y las señoras los tacones, porque era día de gran solemnidad: estrenábamos urnas. Mucho más: íbamos a estrenar un parlamento, un gobierno, salido de nuestros votos. Ese día nos sentíamos, por primera vez, dueños de nuestro destino. Ese día mandábamos nosotros, y lo hicimos con ganas: acudió a votar el 78,9 por ciento. Llevábamos año y medio enterrando el franquismo y desmontando sus instituciones, y ese día se daba el paso fundamental y el pueblo lo sabía. Teníamos de fondo el himno Libertad sin ira,y ese domingo se cumplía su amenaza para nostálgicos y su anuncio feliz para todos: "Y si no la hay, sin duda la habrá". La libertad estaba en las urnas.
El cronista vivió parte de aquel día y aquella noche al lado del gran hombre que hoy no lo puede recordar: Adolfo Suárez. Hacía tres semanas que me había encargado la dirección de su equipo de prensa. Desde allí vi marcharse a Carmen Díez de Rivera, que nunca volvería; vi llegar a Tarradellas, con su cargamento de legitimidad; contemplé por el ojo de la cerradura comidas casi clandestinas con Santiago Carrillo o con Tierno, encuentros privados con Felipe; sentí los confusos ruidos de los sables, las claras conspiraciones de la nostalgia y las ilusiones ante la historia que nacía; tropecé con el buen rey de España, que acudía a dar ánimos al Consejo de Ministros en día de tribulación terrorista...
Y aquel día, el 15-J de hace treinta años, lo era todo para Suárez: meta y comienzo. Meta, porque el gran objetivo inicial era llegar a unas elecciones libres. Y comienzo de la tercera etapa de construcción de la democracia. La primera había sido su propia llegada a la presidencia - "ya era hora, señor", le había dicho con irónico realismo a don Juan Carlos-; la segunda, el referéndum para la reforma política, y la tercera, el proceso constituyente que empezaría a partir de esas elecciones. Se lo jugaba todo: culminar su proyecto o marcharse rechazado; terminar la transición que había dirigido, o sufrir la humillación de que el pueblo español se lo encargase a otro. Y era todo tan incierto, que Suárez tenía una duda: ¿le creerían cuando anunciase una Constitución nueva y una democracia plena? Es duda, que compartió con Gutiérrez Mellado y con este cronista, fue la base de su "Puedo prometer y prometo"; el mensaje de seguridad en su proyecto que quiso transmitir como compromiso electoral.
La trascendencia del momento no alteró sus ánimos. Aquel domingo, hasta el comienzo del recuento de resultados, fue uno de los días más tranquilos en la Moncloa: misa en el propio palacio, votación de Adolfo y Amparo, almuerzo familiar, llamadas por teléfono. Y por la noche, la expectación. No hubo nada excepcional: sólo sus colaboradores, algunos amigos (recuerdo a Sancho Gracia), Alfonso Osorio, algún otro ministro, unas copas, unos canapés discretos y lo que está contado en los libros: el sobresalto con los primeros datos que daban ventaja al PSOE, los ecos de los gritos de "Oa, oa, oa, Felipe a la Moncloa", el Suárez que impartía tranquilidad, el Suárez que sentía el impulso de decir "pues que gobiernen ellos", y el veredicto final: UCD, 165 diputados; PSOE, 128; PCE, 20; AP, 16... Empezaba a salir el sol, y Adolfo Suárez miró por la ventana y no vio los jardines de palacio: vio al país que había hablado y le decía: "Adelante, presidente".
Era el punto y seguido de tres meses de vértigo. En menos de 90 días se cerró la secretaría general del Movimiento; se garantizó la presencia de todas las fuerzas políticas con la legalización del PCE; se formalizó el invento de la UCD; Suárez se anunció como candidato: regresaron los grandes exiliados, como Pasionaria y Alberti; se redactó la normativa electoral; don Juan de Borbón cedió sus derechos dinásticos, y un total de 160 partidos políticos - la famosa "sopa de letras"- inundaron España con sus siglas, sus mensajes y sus contradicciones. Entre todos presentaron el día 15 un total de 4.597 candidatos a 350 escaños: trece aspirantes por escaño.
De todas esas fuerzas políticas - lo de "fuerzas" es un convencionalismo-, sólo once consiguieron pasar la aduana de la opinión pública. Los demás quedaron como intentos nobles de demostrar el pluralismo de la sociedad, pero sin empuje. Fue la primera criba, que marcó el mapa político parlamentario posterior. Ahí se vio que había comunistas, pero no tantos como decía la leyenda. Ahí se engendró el bipartidismo y se estableció para siempre que el vivero de votos está en el centro. Ahí quedaron apartados los extremismos de derechas y de izquierdas. Ahí empezó a funcionar el voto útil, para seleccionar a quienes tenían posibilidades de gobierno.
Y hubo, al mismo tiempo, otros mandatos históricos de aquellas urnas. Le dijeron a la derecha - identificada entonces con la prolongación del franquismo- que, o moderaba su oferta, o estaba condenada a ser una minoría testimonial. La dijeron a la democracia cristiana que apreciaba mucho a sus líderes, pero no tenían sitio en el nuevo Parlamento. Le abrieron la puerta de la presencia y la influencia en los órganos estatales a los nacionalismos periféricos. Y le dijeron a la izquierda que el tono era el de Felipe González, que el camino era el de ese sevillano que había lucido una estampa joven, en un paisaje verde de jardines y alegría de la calle, que sonaba a renovación, pero no a revolución. Las urnas del 15-J le encargaron a Suárez que continuase la labor emprendida; pero señalaron un sucesor sin equivocarse en la designación.
Todo aquello queda en la memoria del país como uno de los días más hermosos que ha vivido esta generación de españoles. Cuando abro las páginas del recuerdo, pienso en una casa de las afueras de Madrid donde el protagonista de todo aquello ni siquiera siente pasar el tiempo. Santiago Carrillo recordaba hace unos días que España ha sido injusta con él. Es verdad. Pero en su caso se confirma que el tiempo y la historia se encargan de hacer justicia. En todo aquel periodo quizá no se mostró nunca como un genio ni un ser excepcional. Tampoco lo era. Fue, sencillamente, el hombre que España necesitaba para un momento crucial. Un hombre tan corriente que sólo aspiraba a "hacer normal en la ley lo que en la calle es simplemente normal"; un político tan generoso que siguió atendiendo a todos, a pesar de cosechar un 80 por ciento de los sí en el referéndum de la reforma política; un estadista que se jugó todo a la carta de abrir las puertas incluso a los demonios históricos comunistas; una mentalidad tan abierta que atendía a las razones de todos... Un valiente. El último héroe nacional.
El 15 de junio de 1977, el pueblo español le dijo que sí. Sabía que tenía un partido artificial. Muchos de sus compañeros de lista eran rigurosos desconocidos. Pero se le votó a él, algo que nunca supo ver ni apreciar ese partido lleno de personalismos, de pequeños líderes de minúsculas formaciones, de ambiciones y de alguna traición. Todo lo que vino después, la Constitución, los autogobiernos, las reformas sociales, fue posible porque así lo quiso este país aquel día; el día de más corbatas de la historia de España; el día del gran estreno; el día de la libertad.

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