LAS PRIMERAS ELECCIONES 30 AÑOS
La historia siempre ofrece paralelismos sorprendentes. Franco, por ejemplo, empezó su trayectoria como un Stalin implacable y la concluyó como un fosilizado Breznev. Sin embargo, fue un ministro secretario general de su régimen - y luego presidente del Gobierno por designación del Rey: Adolfo Suárez- el ejecutor material de la "perestroika" española que puso fin a la dictadura franquista. Claro que Suárez hizo algo más para reconciliar a un país que en 1977 quería olvidar definitivamente la guerra civil que había acabado (pero sólo formalmente) en abril de 1939.
En concreto, el presidente Suárez ofreció a los españoles un artilugio político irrepetible - la Unión de Centro Democrático-, capaz de sobrevolar las trincheras de la contienda fratricida y de articular, al mismo tiempo, una transición de terciopelo a la democracia. En el fondo, la UCD era una utópica y aventajada tercera vía que albergaba en su seno un amplísimo y a veces incompatible abanico ideológico: desde antiguos "azules" del régimen a presuntos socialdemócratas, incluyendo todas las gamas de la democracia cristiana y el liberalismo.
Naturalmente, las buenas intenciones no están reñidas con la astucia y Suárez aprovechó a fondo las ventajas de organizar unas elecciones desde el poder. Es decir, pudo establecer unas reglas de juego que ofrecieran las máximas garantías a los promotores de la reforma. Buena prueba de ello se encuentra en la observación que realizó un veterano político conservador como José María de Areilza ante las fórmulas que barajaban los hombres del régimen para la elección de las futuras Cortes democráticas: "No acabo de comprender por qué se quiere reducir la representación de aquellas provincias en las que viven más españoles". La explicación era sencilla y residía en el objetivo central de los reformistas, resumido de forma elocuente por el propio Adolfo Suárez: "Vamos a ganar y a gobernar veinte años". Y los primeros resultados electorales parecieron darle la razón.
La UCD se situó en 1977 a apenas diez escaños de la mayoría absoluta con sólo el 34% de los votos. Buena parte del mérito de ese desenlace residía en el sistema electoral (que permitía al centro y a la derecha obtener, con menos votos, muchos más diputados que la izquierda). Ahora bien, las victorias de UCD se explicaban también por su prodigiosa capacidad de cosechar un electorado de amplio espectro: desde el sector menos asilvestrado del franquismo sociológico al centroizquierda más difuso. Y de ahí la apabullante hegemonía centrista en numerosas circunscripciones de la España profunda, donde el Partido Socialista se quedaba incluso sin representación parlamentaria. "Voy a disputarle a Felipe González el espacio de izquierda desde las posiciones de la socialdemocracia", había advertido Suárez ante la alarma de sus propios seguidores.
Por esa razón, la UCD era un crisol imposible. Yno sólo porque desde el PSOE se emprendiera una hábil guerra de desgaste contra lo que se percibía como una competencia desleal. En realidad, el verdadero enemigo del Centro Democrático residía en la propia derecha social, que nunca entendió el espíritu pactista, la filosofía transversal o el neutralismo de Suárez. La tercera vía aún no estaba de moda. Algunos sectores orquestaron incluso un insólito golpe de estado en febrero de 1981. Yla consecuencia de esa fenomenal incomprensión fue la voladura de uno de los instrumentos más eficaces con que ha contado la derecha para gobernar un país escorado al centroizquierda como España.
El castigo a esa ceguera no se hizo esperar: victoria aplastante del socialismo de Felipe González en 1982 y una travesía del desierto que duraría 14 años. La derecha que emergió de esas cenizas sólo pudo conseguir una victoria por la mínima en 1996 y gracias a la explotación desmedida de los graves errores del PSOE. Incluido, por supuesto, el delicado ámbito de la política antiterrorista. De hecho, los nuevos líderes conservadores habían hecho de la agresividad el santo grial de su recuperación política. Claro que la réplica desde la izquierda consistió en la progresiva identificación de la derecha actual con la derecha autoritaria del franquismo. Bastaba con repasar los apellidos.
En consecuencia, la reconstrucción de un centroderecha genuino supuso también un nuevo escenario: un escenario menos balsámico que el que propiciaba UCD y con la alternancia ceñida a dos grandes partidos tan diferenciados como antagónicos. Además, para entonces, los dirigentes populares ya habían hecho los deberes ideológicos y habían conseguido vertebrar un sólido y combativo partido conservador, bien enraizado social y económicamente y con el ligero barniz centrista que le condujo a la mayoría absoluta de marzo de 2000.
La historia posterior es bien conocida: un presidente que acaba creyéndose que el país es suyo y que conduce a su sucesor al suicidio político mediante un cúmulo de despropósitos. Y como consecuencia de ello, una aceleración excepcional del ciclo de la alternancia. Todo eso explica en parte el polarizado escenario actual. Pero sólo en parte. España no es el único país del mundo occidental donde derecha e izquierda libran un encarnizado combate por el poder. La principal diferencia es que aquí compiten los herederos de las dos Españas que protagonizaron una cruenta Guerra Civil hace setenta años. Yen ese inquietante eco histórico han acabado por situar su dialéctica los dos grandes partidos, hasta el punto de que unos y otros identifican la conducta del adversario con los extremismos que liquidaron la Segunda República. De ahí la inevitable nostalgia que provoca la España reconciliada de 1977.

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