Un grupo de deportistas que habían estudiado en colegios de Oxford y Cambridge se reunieron en un pub de Londres en el año 1863 para codificar un juego que era practicado bajo reglas variadas y confusas.
Aquellos caballeros ponían la semilla de lo que sería el fenómeno de masas más espectacular de todos los tiempos. El fútbol tiene casi un siglo y medio de existencia pero parece que era un deporte practicado por las civilizaciones antiguas, desde la babilónica a la griega.
El "fair play" va asociado al deporte. También al fútbol. Las reglas son imprescindibles. No se admiten trampas, ni mentiras, ni engaños. Ni dentro del estadio ni fuera de él. Colegios de árbitros, federaciones nacionales e internacionales y comités velan porque las pasiones que genera el fútbol no desborden los ámbitos de la deportividad.
Cada fin de temporada se da el mismo fenómeno y en la imaginación del mundo del fútbol surgen las presiones y las trampas fuera de los estadios.
Lionel Messi, el pequeño argentino que marea a cualquier jugador, marcó un gol con la mano a favor del Barça. Los jugadores del Espanyol protestaron en masa. La televisión repitió el empujón con la mano del menudo pibe.
Los comentaristas y los seguidores del Barcelona aceptamos que no era gol. Pero el árbitro lo dio por bueno. Y como dos semanas antes un jugador del Madrid, Van Nistelrooy, también introdujo un balón con la mano en la red, ya justificaba la falsedad de aquel gol.
Se invocó la "mano de Dios" de Maradona que hizo una gesta semejante hace años. Pienso que Messi habría pasado a la historia si se hubiera acercado al árbitro para comunicarle que había metido el gol con la mano. No lo hizo y tampoco sirvió mucho el tanto porque el Barça siguió empeñado en arrojar la Liga por la borda.
Pero no quería referirme a estas pillerías que pueden producirse en cualquier deporte y en cualquier país. Me inquieta la cultura del maletín que parece instalada misteriosamente en todos los fines de semana.
No hay criterios fijos ni claros. El maletín, la supuesta prima a un tercero para que gane, es aceptado como algo natural. No se admite para que pierda.
Se construyen maquinaciones rocambolescas sobre el ir y venir de maletines por esos mundos de Dios. Se supone que se trasiega dinero opaco, euros que no han visto la luz de la Agencia Tributaria, extraños personajes que se personan en el lugar de los hechos con primas irregulares.
Vivimos una época en la cual, por extraño que parezca, muchos individuos bastante cultivados consideran que las reglas, el derecho, no merecen ningún respeto especial. El fin justifica los medios.
Ya sé que me dirán que el fútbol es el fútbol y que no hay que alarmarse. Pero el problema es que el fútbol tiene una proyección global en las conductas, en los hábitos, en las formas de entender las cosas.
Me inquieta la cultura del maletín, aunque sea sólo en el fútbol. Puede querer decir que el maletín es una práctica aceptada, honorable, imprescindible. Los italianos, por lo menos, descubrieron todo el entramado de trampas en el fútbol y castigaron a equipos casi sagrados defenestrándolos a divisiones inferiores.
No me extraña que en las últimas elecciones muchos ediles hayan aumentado votos a pesar de haber amasado fortunas con maletines. No futbolísticos sino urbanísticos.
Lo que me inquieta es la normalidad con que se acepta el hipotético trasiego de maletines.

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