BULEVAR
Random House Mondadori acaba de publicar un hermoso libro titulado La última sesión. A toda portada, una sugestiva foto de Marilyn Monroe en blanco y negro, desnuda, apoyándose en una sábana.Más allá de la calidad de la fotografía (de grano gordo) está esa incitación a la sensualidad, al goce que fue su emblema y su cruz. Porque La última sesión narra, en imágenes y en palabras eso precisamente: la última vez que la actriz posó para un fotógrafo, para Bert Stern, quien acariciaba ese sueño desde hacía años, desde que se había difundido aquella fotografía de almanaque de Marilyn desnuda sobre una sábana roja, que colgaba de todas las paredes de las celdas, de todos los garajes, de los cuartos de solteros y de las tapas de los libros de los adolescentes. Stern iba a hacer el reportaje para Vogue, la revista más famosa de los sesenta y, sorprendentemente, Marilyn aceptó posar desnuda, con el cuerpo sin maquillar.
«Una relación intensa, casi amorosa, se estableció entre la modelo y su fotógrafo». Todo lo que se puede decir acerca de la fotografía lo dejó escrito Susan Sontang en su lúcido ensayo, ella, pareja de una de las fotógrafas norteamericanas más famosas, Annie Leivobitz.La última sesión estuvo compuesta por 2.571 fotografías, y la actriz murió un día antes de que la revista publicara el reportaje.
No creo en el azar, yo, que amo el juego. Marilyn Monroe murió o fue asesinada un día antes de aparecer desnuda en las páginas de la revista más importante del mundo, sin maquillaje, al natural.Observé las fotografías antes de leer el texto y me emocioné por ese despojamiento insinuante, por esa especie de franqueza que tienen las fotos, como si el mito, el símbolo sexual más grande del cine no tuviera reparos en mostrarse en la intimidad, para consumo de mirones y masturbadores. La edición consta de 59 fotos y son propiedad de un coleccionista.
De pronto, al observar una de las fotos, descubrí una marca, una huella en ese cuerpo perfecto, impoluto, expuesto: Marilyn tenía una fea cicatriz en el costado derecho del vientre, a la altura de la vesícula. O sea, era una criatura real: podía sufrir vómitos, malas digestiones y ser operada por un cirujano que la cosió con hilo de cerdo. Esa cicatriz no apareció nunca en ninguna de sus películas, ni en las fotografías anteriores: seguramente, los estudios cinematográficos hubieran puesto el grito en el cielo. Sin embargo ella, ya desencantada, distanciada de su propio mito, decepcionada de aquel intelectual que no supo amarla, como del deportista, que la celaba posesivamente, era una mujer hermosa con una cicatriz en el vientre. Como si antes de morir hubiera querido mostrar su vulnerabilidad, su fragilidad. La cicatriz no la hace más hermosa, la hace humana. El Instituto Municipal del Libro de Málaga editó un corto tiraje de nueve poemas de Marilyn Monroe, traducidos por Jesús Aguado y con un prólogo mío. Están escritos por la cicatriz de Norma Jean, llamada, también, Marilyn Monroe. Una mujer cansada de ser hermosa.
© Mundinteractivos, S.A.

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