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Adrià, el principal artista español, ha dado una respuesta ingeniosa a la Documenta de Kassel, que le pidió una obra. Este año la Documenta abrirá un pabellón en El Bulli y todo lo que haga el cocinero durante los 100 días de exposición será Documenta. Mi arte no puede viajar, ha venido a decir con su gesto. Una elegante salida ante una búsqueda infructuosa.
Me parece fatigoso discutir si Adrià es un artista. La cocina es el arte que se come y Adrià es el primero de nuestro tiempo. Su trabajo es muy especial y ofrece alguna paradoja rara. Sólo unas 8.000 personas por año lo gozan. Es una cifra muy escasa, aparentemente, aunque ya la quisieran muchos escritores, pintores, dramaturgos y músicos. La cuestión no es tanto la audiencia, sino la formidable proyección de un trabajo tan minoritario. La contradicción fundamental es que millones de personas conocen a Adrià, pero sólo una ínfima minoría ha gozado de su arte. Aunque también hay que hacer aquí una cierta corrección: en El Bulli caben 8.000 al año pero Adrià y sus técnicas están en todos los grandes restaurantes del mundo y en muchísimas cocinas particulares. Si se repasan sus dos libros dedicados a la cocina rápida se apreciará hasta qué punto es un artista popular. Un cocinero es, en este sentido, un dramaturgo. Las obras de Bertolt Brecht seguían siendo sus obras aunque las dirigiera otro. ¿Eran más Brecht con el Berliner? Desde luego, pero la audiencia del Berliner (como la de El Bulli) era mucho más limitada que el recorrido de sus textos.
Sin embargo, la analogía entre la cocina y el teatro no puede extenderse. La cocina poco tiene que ver con la performance. Es interesantísimo ver trabajar a Adrià y a su banda. ¡Pero Dios mío, qué aburrimiento si no fuera a comérmelo! La interpretación está al margen de su trabajo, como en el caso del artista o del pintor. Por eso produce una cierta decepción su respuesta a Kassel. Es evidente que El Bulli no viaja, porque, entre otras cosas, está el camino a Montjoi (una ascesis), el atardecer de junio en la cala, el olor mediterráneo y la pletórica sensación (como si ya hubieras comido) que da ser recibido en la puerta, tú, que tan poco lo mereces. Las catas ciegas están entre los asuntos más grotescos de este mundo. Pero la gran aportación de Adrià a la cocina ha sido la creación del producto. Sus aires, sus olivas, sus percebes. Es decir (y ayúdenme a comprenderlo): no lo que se hace sino lo que es.
Yo pensé que Adrià ofrecería en Kassel algo como el pan o el chiclé. Porque ésa es su estirpe.
(Coda: «Para evitar ambigüedades añadamos que el vino de Borgoña ocupa en el pensamiento de Nietzsche una cota de artisticidad igual, si no superior, a la totalidad del arte producido por la Contrarreforma». Félix de Azúa, Diccionario de las Artes).
© Mundinteractivos, S.A.

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