LAS PRIMERAS ELECCIONES 30 AÑOS

Eramos niños con los zapatos democráticos nuevos, ilusionados ante un salto histórico que permitía arrinconar, de una vez por todas, el penoso periodo franquista. Periodo que no sólo había cansado a los minoritarios opositores al régimen, sino también a la mayoría sociológica que, adaptada a éste, percibía la necesidad de modernizar las instituciones a la europea. El miedo a los militares no era determinante en aquel momento de gozo. Cristalizó con los debates constitucionales y gracias a ETA, que alentaba con brutales atentados el golpismo. La incertidumbre sí dominaba el panorama. Las izquierdas exhibían la superioridad moral de la lucha antifranquista, pero no las tenían todas consigo. El año anterior, Adolfo Suárez les había ganado de calle en el referéndum de la Reforma Política. También eran inciertas las jerarquías en el seno de la izquierda. En Catalunya, por ejemplo, el PSUC llegó a creer en la posibilidad del sorpasso, italianismo que reflejaba la enorme distancia cultural y organizativa que mantenían los eurocomunistas por encima de los borrosos socialistas.

En la lucha antifranquista, los socialistas aparecieron con retraso y divididos. Pero se llevaron las elecciones de calle en Catalunya. Jordi Pujol todavía no emergió en aquel momento como líder (a pesar de haberse llevado al redil al grueso de los partidarios de Pallach, líder bregado y carismático que, de no haber sufrido meses antes un infarto fatal, hubiera disputado a Pujol su posterior liderazgo). Por consiguiente, el factor catalanista, siendo importante, no fue determinante en aquel momento constitucional.

En el resto de España, la sorpresa la dio Suárez. Liberado de la engorrosa competencia de Fraga y los ex ministros franquistas, electoralmente humillados, Suárez demostró, con arrojo torero (y quizás también con cierta quijotesca insensatez), que el sentimiento dominante entre la gente era el de la moderación. Se votó contra el pasado reciente (franquismo) y contra los demonios del pasado (guerra civil). Se votó por el camino de en medio. El de la componenda y cesión mutua, que entonces se llamó consenso. El fracaso de Fraga ante Suárez y el de Santiago Carrillo ante Felipe González marcaron la senda de moderación que caracterizó una fértil etapa democrática y que finaliza con la mayoría absoluta de José María Aznar y su idea de segunda transición. El Aznar todopoderoso es revisionista: impugna el concepto de España que anida en la Constitución (el que se compuso en cesión mutua de impotencias a la luz de los resultados del 15-J). Lo impugna regresando al pasado: sintetizando la nación liberal de Azaña con la de José Antonio. Cuando el presidente Aznar sale del centro para situarse en un extremo, todo el cuadro inaugurado el 15-J-77 cruje. En esas estamos.