AQUI NO HAY PLAYA

Los madrileños somos como las setas, sólo que sin sombrero. En cuanto deja de llover afloramos por todas partes e inundamos hasta los últimos resquicios de la ciudad. Aunque tal vez no del todo. Aún sigue existiendo ese atávico recelo hacia el extraño -sobre todo si tiene la piel más oscura que la nuestra- que nos impide acercarnos y disfrutar de algunos de nuestros rincones más bellos y entrañables. Es el caso del barrio de Embajadores, al que muchos siguen vinculando erróneamente con toda clase de peligros y delincuencia. «Pues yo me doy mis paseos tan ricamente por la zona de Lavapiés y nunca me ha ocurrido nada», asegura el peatón, que en esta ocasión sí parece dispuesto a echarme una mano. Hay que vencer el miedo. Hay que dominar y superar esa desconfianza irracional hacia el extranjero; sobre todo si es pobre. El otro día estuve en la asociación vecinal La Corrala para hacerle una entrevista a su presidente, Manuel Osuna, sobre las actividades culturales que todos los sábados de este mes hay en las diversas plazas del barrio. En la habitación de al lado, una veintena de personas discutía los problemas más acuciantes de la zona. Me sorprendió ver que casi la mitad no eran españoles, pero lo que era evidente es que todos se sentían de Lavapiés y que formaban parte del barrio igual que si hubieran nacido en la calle Argumosa en plenas fiestas de san Lorenzo y san Cayetano. Acabemos, pues, con esa absurda soberbia que nos aleja del centro de Madrid. Erradiquemos de nuestro interior esos temores infundados (es, además, el barrio con más presencia policial de la capital) y dispongámonos a descubrir esta urbe interracial, nueva y apasionante.

¿Hace cuánto que no voy al Rastro? ¿Hace cuánto que no me tomo un mojito en una terraza de la zona? ¿Hace cuánto que no degusto una torrija en el Antonio Sánchez? ¿Hace cuánto que no deambulo entre esos balcones enrejados y esas persianas enrolladas que siguen trayendo el aroma de los pueblos? ¿Hace cuánto que no voy a una de sus abundantes y recoletas salas de teatro? ¿Hace cuánto que no comparto un rayo de sol en un banco junto a alguien de otra raza? Podemos seguir negándonos a asumir la evidencia; podemos mantenernos enclaustrados en nuestras «zonas nacionales». Podemos, incluso, despreciar la sencillez de este barrio castigado. Pero si lo hacemos así, si abandonamos esas calles, si no apreciamos el cálido ambiente que irradia de sus gentes, estaremos dando la espalda también a una parte muy importante de nuestra esencia. Y tal vez, si algún día nos propusiéramos recuperarla, para entonces podría ser tarde. Por eso, madrileños, ahora es el momento. Dejad al lado vuestros miedos y venid a Lavapiés. Aunque sólo sea porque hoy está de moda.

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