La Coctelera

Reggio

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14 Junio 2007

Tan rara como siempre, de Silvia Grijalba en El Mundo de Madrid

Sexo en Madrid

Para entendernos, podría decirse que Marta y Olivia eran como hermanas. Pero no, estaban unidas por algo más fuerte que la sangre, se habían elegido la una a la otra y después de 22 años de amistad seguían hablando a diario. El equipo perfecto. Olivia la alocada, la que nunca se sabía por dónde iba a salir, y Marta la responsable, la estudiosa. Cuando a Marta le surgió la oportunidad de trabajar en Londres, en el estudio de uno de los arquitectos más importantes del mundo, dudó en aceptar el trabajo porque eso suponía separarse de su adorada Olivia. Pero ella fue la primera que la animó a que aprovechara esa oportunidad única.

De aquello habían pasado ya cuatro años cuando Marta llamó entusiasmada a Olivia para decirle que le habían encargado dirigir un proyecto importantísimo en Madrid y que en la fase de arranque iba a tener que irse a vivir allí dos meses. Pareció que a Olivia no le hacía tanta ilusión, así que Marta, prudente, le dijo que a lo mejor se había precipitado y que quizá iban a estar muy incómodas en su piso. Olivia le respondió que no, que no pasaba nada, que estaba encantada de que viniera a Madrid.

Después de la euforia de los 10 primeros días, cuando llegó la vida normal, Marta empezó a ver cosas raras en la actitud de su amiga. Se dio cuenta de que esos cuatro años las habían separado y veía a Olivia muy distinta y distante y empezó a preocuparse seriamente por su salud mental. Olivia se pasaba horas y horas cuidando sus pies. Una pedicura iba a su casa todas las semanas para hacerle un repaso general, pero ella todos los días despintaba y volvía a esmaltar las uñas, se daba crema hidratante, se masajeaba, limaba... en un proceso que a Marta le parecía obsesivo y que podía durar dos o tres horas diarias. Al principio, Marta pensó que era porque Olivia era muy presumida y con esas sandalias de Manolo Blahník o de Jimmy Choo que llenaban su armario debía, claro, llevar unos pies impecables. Pero lo increíble y preocupante del caso era que en casi un mes que llevaba en Madrid, no había visto jamás a Olivia ponerse uno de esos zapatos; iba siempre con calzado cerrado, cómodo, en alpargatas o zapatillas de deporte.

Una noche, después de un par de semanas, Marta se puso mala en el trabajo y se fue a casa a media tarde. Olivia le había pedido que aunque tuviera llaves siempre llamara a la puerta porque, según decía, si estaba sola le daba miedo oír abrirse la puerta porque le habían robado un par de veces. A Marta aquello le pareció un gesto de desconfianza hacia ella, muy raro en su Olivia de siempre. Aquella tarde no se acordó de llamar al timbre.

Lo que vio al entrar en el salón le hizo entender todo lo que le había hecho sentirse fuera de la vida de su amiga. Allí estaba Olivia, tumbada en el sofá, con un hombre que podía ser su abuelo chupándole el dedo gordo del pie... El «invitado» se levantó precipitadamente, le dio tres billetes de cien euros a Olivia y balbuceó un adiós. Había poco que explicar, pero Olivia le contó a Marta que tenía una clientela fija de fetichistas del pie. Gente que se excitaba tocando o chupando esa parte de su cuerpo o simplemente viéndola andar con unas sandalias de tacón alto, a 300 euros la sesión. Marta se quedó más tranquila. Ésa era su Olivia, tan rara como siempre.

silviagrijalba@mixmail.com

© Mundinteractivos, S.A.

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