Hay mujeres muy ricas, plutócratas, dueñas de muchos millones, cuyas caras, por ejemplo, si son reinas, aparecen en el dinero, pero la soberana inglesa seguro que ignora si sale dignificada y favorecida en el chelín y la libra, y las adineradas, sean fijasdalgo o nacidas de don nadie, tampoco saben cómo son las monedas y los billetes que ganan a paladas a cada minuto y que engordan sus cuentas.

Las pobres, en cambio, que no tienen tarjetas de crédito o incluso carecen de papeles de toda clase, sí conocen su color, su cara y su cruz, aunque tengan sobre todo trato con los céntimos. Hay pocos rostros de mujer en el mundo de la numismática y la filatelia. Y no está mal que aparezcan en los euros y en los sellos, porque las mujeres siguen con el burka que las hace invisibles puesto, y no por ellas mismas precisamente, sino por el hombre que continúa robándoles espacio, luz, voz y agonismo.

Ellos siguen siendo reyes que hacen reinas, los chicos diez en todo, incluso en los oficios feminizados por su machismo, como la cocina y la costura, donde son jefes restauradores y jefes modistos.

Por esa razón es acertado sacar del hipogeo a todas aquellas pioneras que lucharon, para que, en esta hora de la historia, las que vinimos después y las que lleguen sintamos como una suciedad imperdonable no dar a diario un pasito adelante, aunque sea de pulga descriada, en la guerra por la igualdad que ellas emprendieron.

El hecho de que el perfil de Clara Campoamor, ciudadana antes que mujer, y mujer antes que republicana, como dijo de sí misma, inicie la serie de las que irán figurando en el euro, no evitará que, verbi gratia, Nevenka Fernández y otras queden silenciadas por sus camaradas de partido ni que, a sus vejadores, sus compañeros los traten con tolerancia máxima; pero será como esa flor fresca que asoma cada día por el borde de la caja de cartón de una mendiga que, según me confesó, hace que se sienta mejor, menos que cero, menos que nada.

Carmen Gómez Ojea. Escritora.