DE todas las malas noticias que se están produciendo estos días en Oriente Medio, la única realmente positiva debe ser la elección del incombustible Shimon Peres como nuevo presidente de Israel. El octogenario político, que dispondrá de un mandato de siete años, llega a la presidencia del país, que es mucho más simbólica que real, en un momento crucial: Olmert no es el primer ministro que los israelíes se pensaban en un primer momento - cuando el irreversible coma de Sharon- y su liderazgo dista mucho de estar consolidado tras el estruendoso fracaso de la guerra de Líbano. A ello se suma la cada vez más tormentosa situación que se vive en los territorios de Gaza y Cisjordania, donde las facciones de Hamas y Al Fatah protagonizan una situación no muy alejada de una guerra civil y en la que llevan las de perder los partidarios del presidente Mahmud Abas. Mientras, los mediadores internacionales vuelven a tropezar en la zona después de que hayan perdido buena parte de su credibilidad. ¿Tiene, en este contexto, Peres algún papel que desempeñar? No es seguro, pero su vuelta a un lugar destacado de la vida pública confiere a este optimista impenitente, que continúa en primera línea pese a tener sobre sus hombros la nada despreciable cifra de ocho derrotas en su vida política, una oportunidad para intentar nuevamente la paz en la zona. Algo por lo que siempre ha luchado.