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El jurado del Príncipe de Asturias asegura que Bob Dylan ha contribuido a la educación sentimental de millones de personas. Seguro que eso es cierto, pues lo dice el jurado, pero debe de ser doblemente seguro en lo que se refiere al ancho mundo. En España, en los años 60 y 70, de máximo apogeo del cantautor, el personal común no tenía ni pajolera idea de inglés, lo cual que se puede educar sentimentalmente a una generación sin que nadie entienda una sola palabra.
Una educación por la melodía -como quien dice-, de oído, cuestión de sonidos. El sonido, por supuesto, también tiene espíritu, y de Blowin'in the wind entendíamos -excepto los que habían estado en Inglaterra de camareros- exclusiva y precisamente eso: que blowin'in the wind, mayormente. Esto es: que la respuesta está en el viento. E íbamos que chutábamos, aunque la idea no estuviera muy definida: estáte a verlas venir, apáñatelas como puedas, Dios dirá.
En España, la educación sentimental más a tope se recibía con Raphael, Manolo Escobar, Los Brincos y La chica ye-yé, lo que, para un pueblo, tampoco estaba nada mal. Siempre nos quedaba París para aprender en francés otra clase de educación: la mala educación de Brassens.
No está muy claro si la educación sentimental consiste en la educación de los sentimientos o en la educación con los sentimientos. Parece ser, a fin de cuentas, una mezcla de las dos cosas. Ahora, con los adelantos pedagógicos, la educación sentimental ya es prácticamente materia académica. De lo que se trata, dicen, es de saber vincular las emociones y los sentimientos a la ética, a los valores. O algo parecido. Que determinados sentimientos te hagan sentirte bien en la medida en que te hacen sentirte bueno. Y a la inversa también: que el buen comportamiento nos haga sentirnos bien.
No siempre se ha entendido esto así. Por educación sentimental se solía entender un cúmulo de experiencias generalmente juveniles -lo otro es la educación permanente- que habían de culminar en la maduración de la persona. En la conquista del criterio. Los avatares amorosos formaban parte esencial del proceso-, exaltaciones, disgustos, turbaciones, desengaños-, de modo que el educando forjaba su carácter a base de trompicones y con un poco de vida loca. Bien entendido que Hegel sirve para educar las ideas, y Paulina Rubio, los sentimientos.
En La educación sentimental de Flaubert, el joven Federico malgastaba su tiempo sin retener nunca el favor de la atractiva madame Arnoux. Cuando ambos lograban ponerse de acuerdo resultaba que ya eran viejos. Es lo que tiene una educación prolongada -la vida entera-, que para, cuando ya estás plenamente doctorado, se te han pasado las ganas y el arroz.
Igual Bob Dylan canta en Oviedo el Blowin in the wind, y los chicos de ahora, que saben todos inglés, dirán que vaya rollo. Y es que ellos ya están todos educados sentimentalmente por el ombligo de Shakira.
© Mundinteractivos, S.A.

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