EL FIN DEL ALTO EL FUEGO DE ETA. Las negociaciones políticas.

Hay estos días en Madrid una extraña quietud. Es el silencio del ruedo ibérico ante la tragedia que se avecina. Los diarios madrileños especulan con fruición sobre cómo será el primer crimen de ETA después de la fallida tregua. Unos dan por seguro el tiro en la nuca; otros sugieren la posibilidad de un secuestro, posiblemente la peor hipótesis para el Gobierno, y otros -invocando unos informes presumiblemente secretos de la inteligencia militar-, y moralmente por un grupo de pistoleros, gracias al quijotismo del Gobierno (que llegó a creer que podía pactar la rendición de ETA sin el concurso de la derecha y sus diez millones de votos) y al sectarismo de la oposición (que se asustó ante el posible éxito del voluntarioso Rodríguez Zapatero). El ruedo madrileño está que se sale, pero nadie sabe cómo reaccionará la Nación, si es que tal Nación existe, en el sentido más profundo y moderno del término.

Nadie lo sabe. Ni siquiera los sociólogos de cabecera de los dos grandes partidos. Nadie sabe cómo España, país de constante y difuso fondo católico, administrará esta vez los sentimientos de culpa. Nadie sabe cómo será la expiación, preanuncian la irrupción de unos comandos salvajes entrenados en la lejana América. En privado, muy en privado, políticos y enterados chismorrean sobre cuál de los dos grandes partidos deberá presidir los primeros funerales, con las consiguientes derivadas estratégicas y electorales. Es brutal, pero es así. Éste es el negro telón de fondo. Ante la muerte anunciada, el ruedo ibérico está en tensión. Está cínico. Está que se sale.

Lo cual remite a un dramatismo intrínseco y calculador hasta la obsesión. Aliento trágico y lógica del mus. El órdago; siempre el órdago. Un dramatismo atávico que evita mirarse en el espejo, porque le sería devuelta una imagen preeuropea: la octava economía mundial, secuestrada política.