BULEVAR
Me he impuesto un reto. Llámenme idiota y tendrán razón: con estos calores pocos esfuerzos valen la pena y, seguramente, éste no es uno. Pero, cosas tiene la vida, yo me he marcado una meta y la tengo que cumplir antes del 10 de octubre cuando, con ayuda de ustedes señores lectores o sin ella, intentaré cruzar la línea de meta con la cabeza alta y la mirada de triunfo. (¿Cómo hay que mirar si uno gana? Lo desconozco, o sea, que no debo estar entrenada en las lides del triunfo aunque, dicen, siempre hay una primera vez)
Pero vayamos a lo que importa y no nos perdamos en las ramas o llegaré a octubre con cola de mono pero sin laureles.
Partamos de una premisa: cuando la cultura catalana se marchó a hacer turismo por la Quinta Avenida de Nueva York se tocó la cabeza, airosa, con una barretina. Ésa fue la seña de identidad que escogió el Ramon Llull para vestir, que no disfrazar, nuestra querida -y siempre buscada- cultura catalana. Ahora -lo hará esta mañana-, a punto de presentar Josep Bargalló en Frankfurt el programa catalán para la feria del libro del próximo octubre -esa meca que creemos nos acercará más al cielo que encumbrarnos al Everest-, quiero saber qué o quién es el mejor estandarte para presentarnos, cuál puede ser el símbolo de nuestra cultura.Y, convendrán conmigo que muerto Copito de Nieve, la elección se hace difícil porque jugar con las quatre barres, por obvio, nos quedaría torcido.
Los estómagos contentos dirán que no hay nada mejor para enseñarnos al mundo que el pan con tomate -los más tradicionales se inclinarán ante la escudella y la carn d'olla-. Quienes busquen en las alturas se perderán en las torres de la Sagrada Família -con o sin AVE- o en los balcones de La Pedrera (como ambos edificios son de Gaudí, la competencia es escasa). Si se trata de afinar oído -con la voz lo tenemos más complicado- el dial de la radio tiene multiples emisoras; primera parada en Els Segadors, segunda en el himno del Barça y después el infinito: ¿las habaneras? ¿la rumba, que por algo se apellida catalana? ¿El cant dels ocells, que ya ha sonado en medio mundo? ¿Caballé y Mercury con aquello de «Barcelooonaa» que tan bien nos quedó en el 92?
En fin, sigamos: las estrellas de Miró, las mademoiselles de Picasso, los bigotes de Dalí, Colometa de paseo por La plaça del Diamant, Tirant lo Blanc a caballo, el Pijoaparte de Marsé, La ciudad de los prodigios de Mendoza, el Mediterráneo de Serrat, L'estaca de Llach, la plaza Reial de Gil de Biedma, Nazario y Ocaña, la Verge de Montserrat -por morena y mestiza- o la más blanquita de Núria, el gos d'atura, el ruc català, La pell freda de Sánchez Piñol o La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, el seny i la rauxa, Cobi, las Tres bessones... y, por último, pra completar atuendo con la barretina, nuestra fiel espardenya, que también ha cruzado fronteras y oceános y ya se pasea, con gracia, por la Quinta Avenida gracias a los desfiles de moda.
Qué más, quién más... Uy, que no voy a llegar. Pero tampoco hay que desesperar: siempre nos queda Woody Allen.
© Mundinteractivos, S.A.

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