AQUI NO HAY PLAYA
La gran noticia de la semana pasada no es el eterno retorno de ETA, ni que un Madrid con pies de plomo tenga la Liga a un tiro de piedra, ni siquiera la firma de Esperanza Aguirre en la Feria del Libro. La gran noticia es que el miércoles, con un toro y medio, Morante de la Puebla puso patas arriba Las Ventas. Inició la lidia de los seis morlacos que le habían tocado en suerte tal y como Faulkner emprendía la escritura de ciertas obras maestras: cuesta arriba, sin ganas, con párrafos concisos y farmacéuticos en donde brillaba, muy de vez en cuando, el destello de un capotazo o el envés de la gloria. Pero a medida que la tarde avanzaba y los toros iban siendo despachados hacia el matadero con la abúlica agilidad de un notario, el diestro sevillano iba entrando en calor. Yo le había visto unos días atrás en una terna que se prometía fabulosa y que terminó en fábula, y podría jurar que desde el momento en que concluyó el paseíllo llevaba escrita la derrota en la cara. Pero la corrida de la Beneficencia, con seis toros para él solo como seis balas negras para suicidarse en el revólver descomunal de Las Ventas, era otra cosa. El aplomo, el coraje, el ansia de triunfo fueron trepando piernas arriba hasta cuajarse en una estatua de bronce vivo que asía el capote como los gladiadores nubios esgrimían la red: como quien va a pescar peces al mar de la muerte.
En el quinto de la tarde, en mitad de la faena de muleta, un error propició que el toro lo desarmara y lo arrojara al suelo. Durante los infinitos segundos en que el cuerno lo acribillaba, pensé que estaba muerto. Lo llevaron en volandas a la enfermería, mientras todos conteníamos el aliento, y durante un exasperante cuarto de hora aguardamos el milagro. Cuando regresó del más allá, con una puntada en la frente, Morante no volvía a una corrida sino a una venganza.
Venía transfigurado, tocado por los dioses de Creta, como si el pitón le hubiera abierto un tercer ojo en la frente y hubiese comprendido al fin que sólo podía ganarlo todo, como en el amor, al entregarse en cuerpo y alma. Recibió al sexto con una sucesión de verónicas en donde sólo faltaba Cristo con la cruz a cuestas: tan lentos y sangrientos eran los semicírculos trazados por el capote. En un gesto de arrogancia sólo disculpable a los héroes, le quitó las banderillas al subalterno y colocó los tres pares de poder a poder, en una exhibición de valor resuelta en ciencias exactas. Después, con el toro exprimido hasta la agonía, la muleta en sus manos escandía hexámetros homéricos. Poco importa que necesitara corregir la estocada a la hora de entrar a matar, y menos aún que el viernes, con los cardenales de la cornada bajo los ojos como el estigma de los iluminados, intentara repetir la hecatombe. Los dioses se habían ido ya y en la arena sólo quedaban nuestras lágrimas.
© Mundinteractivos, S.A.

Hacía años que no veía escribir así sobre toros. Un artículo para crear afición. Qué maravilla