En este país, que diría Larra a don Periquito, nadie suele estar donde le corresponde, ni en el toreo, ni en la política, ni en la información. Por eso, desde el inicio aquel de la transición, unos y otros optaron por camuflarse en el paisaje y tragarse el pilotaje de los restos del franquismo, camino de esta partitocracia de nuestros pecados, y lejos de la democracia ideal y moderna, y desde entonces todos van dando tumbos y escondiéndose de la verdad y de la realidad. Pongamos por caso lo del presidente Zapatero, el fantasma de la Moncloa, que anda desconcertado porque no entiende como, siendo él tan listo y los demás tan idiotas, no le sale nada bien. El fracaso de la negociación con ETA de la que ya había candado victoria lo ha dejado K.O., con cara de pasmo y anunciando a los cuatro vientos que el hombre del talante y de la eterna sonrisa ahora va a ser implacable.

Y mire usted por donde Rajoy se ha tragado como un faquir la nueva espada vencedora del monclovita, como se la tragaron los aterrorizados miembros del Comité Federal del PSOE y como se la están tragando también los oráculos publicistas del Grupo Prisa, la cocina de propaganda ideológica del Gobierno y la nueva Agencia Pinkerton que está, mañana y noche, dedicada a la caza del PP como si fueran la banda del Billy el Niño. En Prisa, en la SER, la Cuatro y El País, un ratoncito blanco les ha comido la lengua de doble filo. Y ni siquiera los Elorza, Savater, Pradera, Azua, y otros que en privado no paran de llamar tonto al “joven presidente”, el de la “insoportable levedad”, han osado decir lo que piensan, porque no es lo políticamente correcto, ni conveniente, y porque seguramente el patrón, Polanco, ha dicho eso que a lo mejor solía decir de jovencito, lo de “prietas las filas”, porque de lo contrario vendrá el malvado PP.

La verdad es que Zapatero es un desastre y Rajoy un calzonazos, pero con estos bueyes de los que no se puede escribir en ninguna parte —salvo en internet— tenemos que arar y hacer camino al andar, mientras Rubalcaba no duerme, vigila, vela nuestros sueños y deja encendida toda la noche la lucecita del palacio del Pardo, por si se despierta alguien y tiene miedo de la oscuridad.

Y mientras esto es así y no se mueve un gato en este país de 45 millones de habitantes —y no de 40, como dice Rajoy—, los de ETA deben de estar muertos de risa y limpiando el alma de sus pistolas con las que le piensa quitar la vida a unos inocentes a la primera de las oportunidades, lo que confirma que el miedo manda y hace la unidad. Hay que estar, según los cánones antidemocráticos de esta cama redonda española, todos cogidos de la mano y haciendo la ola para espantar al tsunami del terror, en vez de decir la verdad y de posicionarse como Dios manda, exigiendo las responsabilidades políticas a quien le corresponden, que es Zapatero. Pero al líder no se le puede tocar porque eso sería darle la razón a ETA, ni se le puede culpabilizar del fracaso de la negociación porque sólo ETA es culpable, ni se le puede reñir en el Comité Federal del partido porque están a la vuelta de la esquina las elecciones generales, y porque si se le riñe, ahora que está tan sensible, se puede deprimir y echar a llorar y ésa no sería una buena imagen. Y sobre todo porque los demócratas lo importante es que estén unidos y no que actúen, aunque sea por una vez, como demócratas. Y lo que hay que hacer es ampliar el consenso del Pacto Antiterrorista, para meter a los nacionalistas en la cama redonda nacional, y luego ya podremos apagar la luz y que cada cual pille por donde quiera.

La verdad es que no tenemos arreglo, porque cuando no hay consenso, tampoco marcha como debiera la democracia. González llegó al poder con el consenso con el que se tapó la verdad del golpe del 23F, y cuando estuvo más tranquilo le salió la chulería de Pichi nacional y se estrelló en el pantano de la corrupción y los rastros de los GAL. Y a Aznar le salió el macho cabrío, patriotero y español, el franquito que llevaba dentro, y pasó del consenso con los nacionalistas al aquí estoy yo, como don Juan ante Luis Mejías, y por ahí sigue con la melena al viento y haciéndose, en Praga como en las Azores, fotos con su amigo Bush, que tras ampliar las guerras de Oriente Próximo quiere reinventar ahora la Guerra Fría con los rusos.

Y cuando parecía que dos blanditos, como son Rajoy y Zapatero, se enseñaban los dientes, resulta que se toman un café frío en la Moncloa y acto seguido se ponen ambos el pijama para meterse corriendo en la cama redonda nacional. Así, si llega ETA los pillará a todos juntos, con la luz apagada y sin rechistar. Y pronto veremos una gran manifestación, unitaria ¡por supuesto!, por las calles de Madrid. Y puede, incluso, que los españoles renueven a Zapatero por cuatro años porque le queda mucho por destruir, y a Rajoy lo manden a una residencia de jubilados a ver el Tour de Francia y la Vuelta a España, mientras juega con sus colegas al parchís.