El mínimo común denominador, de Montserrat Domínguez en La Vanguardia
EL ESPECTADOR
"Read my lips", lee mis labios, cree lo que te estoy diciendo, sin segundas intenciones. Bien, pues habrá que creer lo que dice este hombre y habrá que fiarse de lo que transmite esta mujer que habla en nombre de otro. Dos rivales políticos se han reunido y han seguido al pie de la letra el abecé de los manuales de negociación: deje de lado los temas más controvertidos y complejos, y céntrese en los que sí son susceptibles de acuerdo, busque el mínimo común denominador. Y ambos hacen su trabajo concienzudamente. ¿Qué condiciones hay para el diálogo? "No hay condiciones", dice Rajoy. ¿Y la ilegalización de ANV? "Sólo lo he sugerido", afirma. ¿Un nuevo pacto antiterrorista? "No se ha hablado de ello", afirma De la Vega. ¿Y Navarra? "Es decisión de las fuerzas políticas navarras", asegura la vicepresidenta.
Qué pena que Zapatero no compareciera ayer; perdió una oportunidad de oro al no rubricar con su presencia lo que podría ser uno de los mayores giros de esta legislatura: a mí, al menos, me habría gustado escuchar al presidente sin intermediarios. Así las cosas, el gran protagonista fue Mariano Rajoy; quien más arriesgaba. No dejó de insistir en que no se había movido ni un ápice, pero su nuevo léxico nos dejó con los ojos abiertos como platos: se dirigió "a todos los compatriotas" pero no para machacar al Gobierno; utilizó el plural como si fuera gobierno - "la batalla contra ETA la vamos a ganar todos"-, sorteó las preguntas que querían llevarle al huerto del pasado y confesó que actuaba así porque así esperaba estar a la altura de lo que los ciudadanos quieren de él. Ayer vimos al Rajoy que echamos de menos el día que ETA anunció que ponía fin a la tregua. Un Rajoy que piensa "te lo dije", pero que no lo dice porque esas cosas, en según qué momentos, no hace falta decirlas.
Detecto un destello de esperanza en colegas que han seguido muy de cerca a las dos partes y que certifican un grado de autenticidad en toda esta puesta en escena. Pero, francamente, yo no consigo sacudirme de encima el escepticismo. Todos sabemos que el lenguaje no verbal completa siempre y desmiente a veces lo que dicen los labios: la longitud de una falsa sonrisa, lo profundo de un rictus, la tensión en un puño, las miradas que se evitan, la duración de un apretón de manos en según qué escalón. Y hay algo que no me acaba de cuadrar en este nuevo clima, la sensación de que esos dos hombres están ya demasiado lejos como para construir nada desde lo obvio, que es la unidad contra el terror. Y terror es lo que siento al pensar que quizá lo único que les une es la sensación inminente de que pronto comprobaremos hasta dónde llega el zarpazo de la bestia. Sea como fuere, y a la espera de los hechos, leeré sus labios: cierto es que que tampoco ellos tenían otra alternativa.
