A pie de Caye

Pensaba en ti. Pensaba en tu mirada verde y rota. En el hilo de amor que se posa sobre el espectador que roza la intención de tus palabras, desde el otro lado de ese sueño. A un lado tú, con esa última carta que Louis Aragón escupió al mundo desde la lucidez, desde el dolor punzante que despierta la comprensión de las cosas, desde la única opción posible entonces, que es callar, porque no tienes nada nuevo que decir y tanto que reflexionar sobre lo que has dicho; y al otro lado, la vida, la gente, lo físicamente tangible. A un lado el escenario, con el soplo de la creación entre los dedos, en cada gota de sudor, en la voz templada; y al otro, aquel que viene a verte y a escucharte, a penetrar cada inflexión que expones por intuición o por decisión propia, al que viene a observar desde el respeto, desde el análisis o desde la pasión.

Y dices que te vas, que te retiras del olor a talco y bambalinas, que los ciclos de vida sólo se cumplen si uno les da la bienvenida, si el silencio que provoca la ausencia de lo que ya no es no aturde la armonía de lo nuevo, igual de importante. Más de 50 años memorizando textos por los pasillos llenan tu alma de una absoluta necesidad de calma, de una idea abstracta de la serenidad que pasa por soñar con ella con los ojos abiertos. Más de 50 años memorizando textos por los pasillos, enredados a los de mamá, que arriman nuestra infancia a amaneceres de Sartre, Coward, Shaffer, Miller, Pinter, Lope o Calderón. Se va Don Juan Tenorio. Y lo hace desde el mismo lugar que le vio asomarse al talento hace 50 años: nuestro Teatro Español. Mario Gas supo entender lo que intuías. Dices adiós a la angustia de la mente en blanco, al abismo donde cae el error que no toleras, al miedo, que ya no te convence como estímulo para ningún terreno de esta vida. Adiós a un cansancio físico, que si no se trata, se puede convertir en una profunda tristeza. Dices adiós con El Vals del Adiós porque comulgas con el autor de lo que cuentas, porque hay simbiosis con aquel que bordó su locura con la ausencia de su amada y se entretuvo en llegar a unas cuantas conclusiones. Líder de movimientos literarios como el dadaísmo y el surrealismo, Louis Aragón decidió escribir lo que pensaba inaceptable. Una última carta que tú tiemblas, sudas, lloras, descompones, porque la hubieras escrito tú mismo. Consciente de que la verdad le caería encima, exterminándole, la gritó. Leo que te vas y se me vuelca el tiempo en la garganta, la consciencia de que la vida no pasa impunemente y nosotros por ella, tampoco. Dice mi hermano Fer que el olor, la voz, la imagen de mis padres sobre el escenario es el cordón umbilical que nos recuerda lo que somos en profundidad, que lo demás va y viene, y que en esos tres niños entre cajas está nuestra cordura. Es tiempo de revisar el optimismo, a Dios, a nuestros hijos, si se empeñan en cantar victoria con la boca llena de testimonios desgraciados. Es tiempo de estar en contra o a favor, sin que la duda nos haga perder ni un instante más de las horas del día. Por eso es el momento de priorizar el mar, ir a comprar el pan en bicicleta, o un abrazo de cualquiera de tus seis nietos.

El abuelo sabio dice adiós a la lucha, porque es tiempo de paz.

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