ES muy probable que tanto José Luis Rodríguez Zapatero como Mariano Rajoy hayan dedicado buena parte del fin de semana a analizar cómo querían que los diarios y todos los informativos juzgaran el encuentro que ayer mantuvieron en el palacio de la Moncloa. No era una cita más, y los dos lo sabían. Ni uno ni otro quería cargar con el pesado fardo de un fracaso prematuro en un momento en que la opinión pública pide, casi exige, unidad. Por eso, seguramente, los reproches que se dijeron en privado no formaron parte del menú que se encargaron después de ofrecernos. Hay la sensación de que tanto Zapatero como Rajoy quieren que se crea que por ellos no va a ser y así los desencuentros se convierten en meras diferencias y a las discrepancias se les mira de aplicar rápidos puntos de sutura. ¿Es tan sólo una pose ficticia para no asumir el coste de la desunión? Como en todas aquellas situaciones en que el vaso está lleno hasta la mitad, hay dos puntos de vista y siempre estará quien lo quiera ver medio lleno y quien sostenga que está medio vacío. Habrá que ver cómo modulan sus discursos los talibanes de uno y otro bando y cómo amanecen hoy de excitados sus voceros oficiales. Mientras, no deja de ser llamativo que, al fin, haya un léxico común de PSOE y PP, que han pasado a compartir expresiones que quedaron congeladas durante el proceso de paz: por ejemplo, batalla contra ETA o lucha contra ETA.
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