La crisis abierta en el Partido Socialista de Madrid (PSM) tras el fracaso del 27-M pasado ha hecho emerger la división interna entre familias y corrientes que, enfrentadas desde hace años, ponen en situación difícil no sólo el futuro del socialismo en la Comunidad y sus ayuntamientos, sino incluso el futuro inmediato del PSOE. Esta crisis, sin embargo, no es de ahora. Viene de lejos y algunos incluso recuerdan que fue una división en el socialismo de los años treinta la que tuvo su parte de responsabilidad, y no pequeña, en el hundimiento de la Segunda República y en la pérdida de la guerra civil española, salvando claro está las enormes diferencias entre las dos épocas.
El PSOE de hace 70 años era un partido de masas que, vertebrado en una organización que prácticamente cubría todo el Estado y apoyado en la potente UGT, proponía a la sociedad española profundas reformas económicas y sociales. Especialmente, la reforma agraria.
La Segunda República significó la gran oportunidad, de tiempo anhelada, de heredar el Estado y llevar a cabo el programa del partido que había fundado Pablo Iglesias en 1879. Pero las enormes e incuestionables circunstancias políticas internacionales y económicas de los treinta y la poderosa e intransigente oposición conservadora dividieron en dos al movimiento socialista, como explica la hispanista Helen Graham en El PSOE en la Guerra Civil (Debate).
Fue tras la decepcionante experiencia de los dos primeros años de gobierno republicano-socialista (1931-1933), cuando se puso en evidencia la dificultad de aplicar las reformas, que se abrió el debate sobre si la estrategia socialista debía ser caminar resueltamente hacia una revolución - aunque retórica- o bien insistir en la aplicación gradual del programa de reformas. En el primer bando se alineó Largo Caballero (1869-1946), un austero y veterano líder sindical, que fue ministro de Trabajo en la primera etapa republicana. La para él negativa experiencia le hizo oponerse férreamente a la colaboración con los republicanos y proponer una toma del poder por métodos revolucionarios, a imagen del bolchevismo, lo que le hizo ganar el calificativo del "Lenin español".
El segundo grupo lo encabezó Indalecio Prieto (1883-1962), destacado dirigente del socialismo vasco que fue ministro de Hacienda y Obras Públicas entre 1931 y 1933, partidario de la alianza con los republicanos y que ya se opuso a Largo Caballero por la colaboración del sindicato con la dictadura de Primo de Rivera. Partidario del gradualismo parlamentario, Prieto estaba convencido de la necesidad de mantener una política de equilibrio de fuerzas de clase que culminara la revolución burguesa y democrática en España.
Sus adversarios acusaban a Prieto de "pensar como un republicano".
Caballeristas y prietistas, enrolados respectivamente en la izquierda socialista y en los centristas, acabaron enfrentándose en una lucha destructiva que perjudicó al socialismo, a la República y afectó, en definitiva, al devenir de la guerra. Una lucha que alcanzaría a la comisión ejecutiva del partido, al sindicato, a la Agrupación Socialista Madrileña (ASM) y a la poderosa Federación Española de Trabajadores de la Tierra, que sufrió un proceso de profunda radicalización que acabaría echándole en brazos de la CNT.
De hecho, el primer estallido entre ambas opciones fue en ocasión del fracaso de la huelga general de octubre de 1934 en el baluarte de Madrid y de la consiguiente represión contra los mineros asturianos, de la que los centristas hicieron responsable al aventurerismo y maximalismo verbal de Largo Caballero. Los partidarios de éste, en cambio, y especialmente las Juventudes
Socialistas, tomaron aquel fracaso como argumento para "bolchevizar" el partido y limpiarlo de centristas, lo que marcó el inicio del avance de los dirigentes juveniles (Santiago Carrillo) y más tarde del propio Largo Caballero hacia una unificación orgánica con el comunismo. Este acercamiento se volvería finalmente en su contra, no sólo por perder adeptos en beneficio del hasta entonces minúsculo PCE, sino por la consolidación de este partido gracias, sobre todo, al apoyo único de la URSS a la República.
La batalla por el control del PSOE culminó en 1936, cuando los dos bandos se enfrentaron por la ejecutiva nacional. Los centristas se impusieron tras dejar fuera a una parte de la izquierda por una estricta aplicación de los estatutos. Mientras, Prieto negociaba con los republicanos para sentar las bases del Frente Popular, tras ampliar el pacto al PCE, los sindicalistas de Pestaña y el POUM. Los caballeristas reaccionaron, haciéndose con el poder en la influyente Agrupación Madrileña, que convirtieron en punta de lanza contra el prietismo, al que negaron, junto con UGT, su apoyo para hacerse en febrero de 1936 con la jefatura del Gobierno. Prieto no perdonaría jamás a la izquierda socialista por haberse visto obligado a renunciar a la oferta de Azaña y, según él, intentar cortar de raíz la amenaza de sedición militar.
El golpe militar y la Guerra Civil atemperaron por unos meses los ánimos y la prevista depuración política preparada por los centristas se demoró un año. Largo Caballero fue llamado a presidir el Gobierno en septiembre de 1936, tras la caída del gabinete Giral, en cuyo Ejecutivo Prieto sería ministro de Marina y del Aire. Una victoria aparente del caballerismo que propiciará el alejamiento de UGT, el fortalecimiento del PCE y la espera de Prieto al agotamiento de su rival, que llegará finalmente con los enfrentamientos de mayo del 37 en Barcelona. Largo Caballero, arruinado políticamente, se despediría de la vida pública con un discurso en el que expresó su "completa decepción".
Su rival, Indalecio Prieto, no le sobrevivió políticamente mucho tiempo. Enfrentado a Juan Negrín por su política, que consideraba procomunista, deprimido y acusado por todos de derrotista, acabaría también pasando cuentas a todos en el comité nacional, en agosto de 1938, acusando a su correligionario, el presidente del Gobierno, de alta traición política. Este argumento lo repitió Prieto en sus memorias y envenenó la vida del partido durante décadas, ya en el exilio.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados