Hará bastante tiempo, unos catorce o quince años. Entramos, al anochecer, en la casa de Baltasar Porcel, en Valldoreix, y salimos ya de madrugada. La entrevista se transformó en larga charla, en compañía de algún gato que no dejó de rondar todo el rato por ahí, metiendo baza a su manera en las explicaciones del autor. A pesar de nuestras preguntas vacilantes, repletas por igual de pasión lectora y de ignorancia, Porcel se las arregló para contarnos, paciente y amable, lo que de verdad importaba saber. Y, en medio de todo aquello, asomó la referencia a su madre, el nexo fuerte con la lengua, el origen de todo. Lo he recordado ahora, a propósito del más que merecido Premi d´Honor de les Lletres Catalanes, cuando el escritor ha explicado algo que su progenitora repetía cuando los perros aullaban en la noche: "Es cans ja luden". De ahí, sin poder evitarlo, he pasado a otra afirmación que el novelista ha dejado caer a la vez que reivindicaba la lengua como morada del alma, evocando a Heidegger: "He estado siempre en el campo del catalanismo, que no es fácil, como escritor".
Estas palabras no tendrían sentido si nuestro contexto fuera otro. Si, por ejemplo, lo catalán no fuera percibido como una anomalía para muchos ciudadanos españoles que no dudan de su condición de demócratas a carta cabal ( "¿Por qué hablas a tu hijo en catalán? ¿No ves que así le estás marginando?", te pueden clavar en un apacible camping de las Españas hoy en día). Si, por ejemplo, no hubiera muchas personas entre las elites dirigentes de Catalunya que - lo ha confesado el propio Porcel- nunca leen a novelistas en catalán y no comprenden cómo alguien puede desarrollar una obra ambiciosa de creación en una lengua que no sea el castellano. Porcel, que es un autor que se mueve con normalidad entre políticos, banqueros, empresarios y demás notables, podía haberse dejado llevar por la inercia del mundo dado por sentado, ese en el cual las letras importantes son siempre en la lengua más hablada. Pero ahí estaba la voz de su madre, formando parte de un magma más poderoso que cualquier convención o coartada social. Un magma que se opone a tantas mentes que viven colonizadas sin saberlo. Que se enfrenta a ese tipo de provincianismo que no se reconoce como tal, pero que se materializa incansable en los gestos de cada día. Por ejemplo, si se habla de autores barceloneses, los que escriben en castellano merecen todos los focos y los que escriben en catalán quedan relegados a la pequeña esquinita, esa reserva india que se guarda para el folklore local. Contra todo eso se levanta el testimonio y la obra de Porcel, indispensable para que una literatura como la catalana pueda hablar de tú a tú con las otras literaturas, sea dicho con permiso de los que mezclan conceptos como cultura catalana y literatura catalana. Prestigiar una literatura, prestigiar una lengua, prestigiar un país, todo ello lo ha hecho Porcel obstinadamente, sabiéndose, a la vez, dentro del tiempo y contra el tiempo. Junto a los muertos que le acompañan, como a él le gusta repetir.
Pero no es la política lo que nos interesa aquí. Porque Porcel, en la medida en que reivindica la lengua como centro y como eje, se ubica en el espacio salvaje de la prepolítica y se escapa, así, de toda mistificación y de toda propaganda. Ello parece una paradoja para un literato que, al contrario de muchos de los de su gremio, no ha temido acercarse al poder y que ha participado, incluso, en algunos proyectos de país, como la creación de una política de intercambio cultural, estudio y cooperación en el espacio mediterráneo. Estos días, Porcel ha dicho, en alguna entrevista, que todo ello le ha perjudicado, lo cual, de ser cierto, debería hacernos reflexionar. Uno piensa que el drama de nuestro país es, precisamente, lo contrario: un exceso de prevención moralizante ante el poder, el refugio en un hiperpurismo paralizante, la arcadia de una intelectualidad que confunde el compromiso con la gesticulación. O que sólo sanciona como correctos ciertos compromisos basados en unas muy determinadas premisas ideológicas, santificadas a priori. Queremos más poder para conjurar el oasisbalneario pero señalamos como apestados a los que se atreven a penetrar, con criterio propio, en esa trituradora. El Minotauro que describió Vicens Vives no tiene grandeza, sigue siendo el toro anuncio de las carreteras.
Al final, cuando la espuma se disuelve, vemos la obra literaria, enorme. Los maledicentes callan, se pierden. Y vuelve otra vez la frase de la madre de Porcel, lo proteico y mineral, lo que se sostiene por sí solo, lo que deviene el país real, pues no hay realidad más tangible que las palabras que tenemos los hablantes y lectores, lo que nos vincula y nos hace universales entre los demás hablantes y lectores. Nos lo enseña Porcel en sus páginas, pero también se constata el día en que muere nuestra madre. Lamentamos, entonces, no haber escuchado con más amor sus palabras, no haber retenido esas frases genuinas, no haber preguntado sobre ese vocablo raro que ningún diccionario recoge, no haber prestado bastante atención a esas historias en las que había la esencia de cada verbo, hasta agotar el idiolecto de un universo que llevamos dentro sin haberlo nunca explorado. Somos afortunados: el maestro de Andratx lo ha hecho por nosotros. Y no deja de ser amargamente irónico o sarcástico - ustedes me disculparán la confesión- que yo escriba todo esto aquí en una lengua que mi madre nunca usó conmigo. La lejana noche en que Porcel atendió a unos inexpertos buscadores de sueños, anoté algo que dijo: "Sempre he tingut dins del cap guanyar una guerra, per ser lliure". Ser libre. Lo ha conseguido, sin duda. Y su libertad, que son sus palabras, también nos ha hecho a nosotros un poco más libres.

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