En junio se siega el cereal, pero la guadaña de la muerte trabaja todo el año: cada día, cada instante. Siega vidas a nuestro alrededor, voraz e incansable. ¿Cuándo llegará nuestra hora? Lo ignoramos. Sabemos que la invisible dama de la guadaña nos persigue y que algún día nos alcanzará, pero mientras hay vida, hay esperanza, recuerda el refrán. Ignorar cuando nos atrapará la muerte es una de las mayores gracias de la vida, es el factor que más decisivamente contribuye a mantener nuestro tono vital. Desconocer el momento de la muerte permite olvidar la presencia de la muerte.
Esta feliz ignorancia de la presencia de la muerte es lo primero que elimina ETA a los miles de ciudadanos potencialmente amenazados. Saben que, en cualquier momento, al salir del trabajo o tomando un pintxo de bacalao en una tasca, puede explotar la bomba, puede aparecer la pistola. Los agresivos cachorros que ahora mandan en ETA no han leído la Divina Comedia. Lo demuestra el estilo de su mensaje, más chulesco y pedestre de lo que era habitual en la literatura neolítica de la banda. Y, sin embargo, los versos de la puerta del Infierno de Dante (canto III, vv. 1-9) describen a la perfección la condena vital que espera a los amenazados de ETA y, asimismo, la soberbia divinizante con que los terroristas se adueñan de la realidad. "Per me si va ne la città dolente". Por mí - afirma ETA- entráis en la ciudad del duelo. "Per me si va ne l´eterno dolore". Por mí entráis en el dolor que no cesa. "Per me si va tra la perduta gente". Por mí, continuaréis la senda de los perdidos. "Io eterna duro". ETA, eterna, permanece. "Lasciate ogni speranza".
Abandonar la esperanza es lo más duro para los miles de potenciales condenados. Durante estos meses de tregua, volvieron a descubrir el dulce sabor del olvido. La mayoría de ellos no abandonaron las precauciones que prescribe el manual de seguridad. Cambiar de rutas con frecuencia, mirar debajo del coche antes de arrancarlo, desplazarse a todas partes en compañía de escoltas. Pero la esperanza del final, junto con la promesa de una tregua indefinida,provocaron la relajación de estas medidas defensivas, que, poco a poco, perdieron su cariz dramático, convertidas en rutinarias inercias de un pasado que parecía definitivamente superado.
Las bombas que destrozaron los trenes de Atocha, llenos hasta la bandera en una mañana laboral, nos recordaron que el mundo había cambiado con el colosal destrozo de las torres de Manhattan. Un nuevo terrorismo global (de corte nihilista, más que islamista) con una capacidad destructiva ilimitada, incalculable, parecía lanzar una opa a las pequeñas empresas destructivas del terrorismo local. ETA estaba siendo devorada por esta nueva multinacional de la muerte y, por otro lado, sentía en la nuca, cada vez más intensamente, el aliento del Estado: la férrea mano de Aznar, la solidaria colaboración del PSOE y la poderosa maquinaria judicial desmontando el llamado entorno político. En este contexto, ETA planteó la tregua. Parecía lógico que alzara la bandera blanca de la rendición.
Era el principio del final de ETA y, a su vez, el principio de la tranquilidad para sus víctimas potenciales, que se relajaron. Durante meses pasearon con la novia sin temor, tomaron zuritos en el bar tranquilamente, olvidaron el peligro y el temor que ahora regresan.
No solo las víctimas se relajaron. Los dos grandes partidos también lo hicieron. En lugar de trabajar al unísono para erradicar el viejo terrorismo local y en lugar de luchar codo con codo para protegernos del nuevo terrorismo global, dedicaron todo el tiempo a convertir el viejo y el nuevo terrorismo en armas políticamente arrojadizas. Rajoy y el PP se burlaron de las víctimas de la nueva amenaza islamista coqueteando con pintorescas teorías conspirativas sobre el trágico 11-M y, al mismo tiempo, enfatizaban y agitaban el sufrimiento de las víctimas de ETA. Zapatero y el PSOE relativizaron el drama de las víctimas etarras hablando de proceso de paz y jugando a hablar de política con Otegi y compañía, mientras enfatizaban el drama del 11-M.
Unos entronizaban al Foro Ermua, otros a Pilar Manjón. Manipular a las víctimas se ha convertido en el principal deporte de la política española. Consiguientemente, no es exagerado afirmar que, si bien es ETA, naturalmente, la que, en esta triste historia, encarna la maldad humana, son PP y PSOE la encarnación de la mezquindad y el egoísmo. Decíamos la semana pasada que ETA es una mina de oro. No sólo para los que viven de ella, para los que matando, extorsionando o acosando conquistan espacios de influencia política que nunca les corresponderían, sino también para los políticos democráticos y sus medios afines que, para fidelizar audiencias u obtener réditos electorales, fomentan la desunión, de la que ETA se beneficia.
Ausiàs March cuenta en un inquietante poema las vivencias de un condenado a muerte que, esperando el día de la ejecución, se acostumbra poco a poco a la idea de morir. De repente, le dicen que le conmutan la pena, pero a la mañana siguiente lo ejecutan. Esta tortura psicológica es la que viven los amenazados de ETA. Ayer tregua, hoy homenaje, mañana bomba. Basta de juegos, por favor. Puede entenderse que el terrorismo no tenga solución. Lo que no es de recibo es aprovecharse obscenamente del terror para ampliar los márgenes del negocio electoral.

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