Desde que se conoció el fallo del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, colegas, amigos e incluso estudiantes me han preguntado sobre la idoneidad de Al Gore para recibir el premio. De la confrontación de las diversas opiniones, de los argumentos que sostienen personas favorables o desfavorables a esta concesión se pueden deducir algunos aspectos de interés.

En general las personas que ponen objeciones a esta concesión opinan que el señor Gore es transmisor de unos conocimientos y de unos hechos que otras personas han generado. En principio, gentes visionarias, que ya en tiempos tan lejanos como la primera década del siglo pasado, advirtieron de las posibles consecuencias del uso acelerado de combustibles fósiles, que podrían cambiar la química de la atmósfera e indirectamente del clima. De gentes que con esfuerzos, a veces penalidades, y siempre con tesón y visión de futuro han mantenido sistemas de registro de las condiciones meteorológicas, o de la concentración en algunos gases en la atmósfera.

Pero también de las actividades de los organismos, de su distribución, de cambios en su comportamiento, durante décadas. Personas que han fomentado y mantenido organizaciones o programas internacionales para investigar las causas y las consecuencias del cambio climático. Se me ocurren a vuela pluma, entre otras, la Organización Meteorológica Mundial (WMO), el Programa Internacional de la Biosfera-Geosfera (IGBP), la Comisión Oceanográfica Internacional. Seguramente habrá más que sean merecedoras de este galardón. La primera de ellas, candidata a su vez, es la responsable de la coordinación, implementación y sostenimiento conceptual del Programa de Investigación del Clima Mundial (WCRP).

Las personas favorables defienden su opinión sobre otro tipo de argumentos. Los científicos han proporcionado las evidencias del cambio climático y de sus posibles consecuencias. Pero no han logrado traspasar unas determinadas barreras de transmisión, a las personas y a los responsables sociales y políticos, sobre la trascendencia y la inmediatez de las acciones que deberían emprenderse, y de la necesidad de coordinación entre países para lograrlo. Que en ese campo Al Gore, con su prestigio, sus contactos y su capacidad de comunicación, ha producido unos resultados encomiables.

Que por ello ha tenido la inestimable capacidad de aunar y potenciar una respuesta social en muchos lugares. Y desde luego que su voz se ha oído en Estados Unidos, canalizando los esfuerzos de otras muchas personas y asociaciones sociales y científicas que urgen a su Gobierno a asumir las responsabilidades que les corresponden como principal país emisor.

Los dos tipos de argumentación tienen su valor. El jurado se inclinó por el segundo tipo de argumentos, que son los que destacan en su resolución. Pero cuando escuchaba las noticias y avances sobre los candidatos y sobre sus posibilidades, pensaba que se gestaba una resolución que premiara ambas partes, conocimiento y movilización. Desde el principio se mencionaba al señor Gore, pero acompañada de una de las organizaciones que indiqué al principio, la WMO.

No sé que consideraciones llevaron a los miembros del Jurado a tomar una solución definitiva, pero como científico me hubiera gustado que el premio se hubiera repartido en ambos campos, reconociendo la necesidad de un esfuerzo conjunto entre la investigación y la dinamización para encontrar soluciones viables. Pero lo que de verdad me alegraría sería que la cumbre del G7 llegara a un acuerdo sobre el control, posible, de las emisiones, y no sólo una declaración de intenciones de buena voluntad futura. Si el acuerdo que anuncian los medios de comunicación, no explicitado todavía, es el primer paso para reducir las emisiones a la mitad en el 2050 estaremos en el buen camino. Y si el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional al señor Gore contribuye en este sentido, bienvenido sea.

Ricardo Anadón. Catedrático de Ecología.