TESTIGO IMPERTINENTE

Llegué a Urgencias doblada como un cuatro y echando humo por las orejas. Me aparcaron en un pasillo y al rato apareció un residente que me tocó la tripa y ordenó mi traslado a quirófano. ¿Qué me pasa, doctor?, pregunté alterada. «Sobredosis de puntillas», diagnosticó él mientras procedía a lavarme el estómago con un gigantesco scotch-brite. La causa era la masiva ingesta de fotos de Eugenia Borbón Vargas, el último eslabón de la familia Franco. ¿No dice la gente que el tiempo pone a cada uno en su sitio? Pues ahí tenemos al general Franco, convertido, 30 años después, en flamante tatarabuelo.

El bautizo de Eugenia se celebró en París (nunciatura de la Santa Sede, para más señas), entre legitimistas franceses y carcamales del otro lado del Atlántico (no hay nada como un venezolano metido a aristócrata: la propia mamá de la criatura, alias Margarita-está-linda-la-mar, no sabe qué hacer para parecer una princesa). Lo más fresco que se despachaba en la ceremonia era la abuela paterna de la criatura, Carmen Martínez Bordiú, quien, fiel a su línea innovadora, juntó de una tacada a sus tres maridos vivos: Jean Marie Rossi, Roberto Federicci y José Campos.

Éste último hizo su presentación en sociedad con ocasión del bautizo. Campos estuvo discreto y conciliador, también elegantón, aunque sin puntillas en la pechera. Lástima. Seguro que los venezolanos lo habrían agradecido mucho. A ver cómo cuentan ahora en Palm Beach que los «pasiegos» se han criado en Versalles.

Inciso. Ninguno de los reportajes publicados en la prensa rosa recoge una sola instantánea de complicidad entre las consuegras: Carmen Martínez Bordiú y Margarita de Vargas (mamá de Margarita-está-linda-la-mar). Para mí que Margarita de Vargas se la tiene jurada a nuestra Carmen de España. Ya lo insinuaron las crónicas en su día. Cuando Luis Alfonso y Margarita-está-linda-la-mar contrajeron matrimonio en Santo Domingo, la ex duquesa de Cádiz hizo tales alardes de protagonismo que doña Margarita de Vargas a punto estuvo de sufrir un síncope (dicen que no soltó el frasco de las sales en toda la ceremonia).

Las cosas como son: más que una boda, aquello parecía una zarzuela, pero Martínez Bordiú disfrutó como una enana. Desde entonces, cada vez que la consuegra se cruza en el camino de Carmen, ésta pone en marcha su instinto jacarandoso y provocatriz. La nietísima siempre ha sido capaz de todo. Yo incluso diría que se ha hecho chavista. Por joder, mayormente.

La tataranieta del caudillo no devolverá la monarquía a los franceses, pero nos alegrará la vida con un culebrón de rancia estirpe. La veremos hilvanar sus primeros pasos en compañía de una legión de nurses, y asistiremos a la trama que urdirá su mamá para introducirla en la pandilla de los solteros de oro (Froilán, un suponer). El dinero siempre ha aspirado a los títulos. Gracias a su progenitor, Eugenia Borbón Vargas ha entrado ya en la historia. Sobre el palo mayor de su árbol genealógico está María Antonieta, la abuelita a la que rebanaron la cabeza.

La semana ha sido pródiga en sustos. Y no hablo de política, porque la política da la barrila sin necesidad de mentarla. Una de las que más me ha llamado la atención ha sido la detención, en Barajas, del sirio Monzer al Kassar, de cuyas andanzas los españoles hemos tenido cumplida cuenta (ver recuadro). Pero el trasiego de cárceles no se ha detenido en Al Kassar (ni en Otegi o De Juana Chaos). Si las cosas siguen así, las cárceles acabarán anunciándose como Marina d'Or, ciudad de vacaciones.

Hace años, los delitos económicos llevaron a la trena a muchos españoles renombrados (Mario Conde, verbigracia). La llamada beautiful people entraba en Alcalá-Meco con la misma elegancia con que entraba en los consejos de administración. Pasado el tiempo, las cárceles vuelven a estar de moda a raíz del caso Malaya. El juez Miguel Angel Torres, artífice de la instrucción, ha hecho posible que muchos españoles vivan en sus carnes la condición de presidiarios. Torres incluso ofreció a Pantoja la oportunidad de fortalecer su glamour en un calabozo. Ella es nuestra particular Paris Hilton.

El hombre que escurría el bulto

AL KASSAR. En España se empezó a hablar de Monzer al Kassar tras el secuestro del transatlántico Achille Lauro (1985) por parte del Frente Popular para la Liberación de Palestina. El juez Garzón consideró probada la colaboración de Al Kassar con Abu Abbas, cerebro del secuestro, así como su pertenencia a la organización terrorista. Tras 14 meses en la cárcel, quedó libre pagando una abultada fianza. Desde entonces, el nombre de este sirio figura en los expedientes de medio mundo asociado a tráfico de armas, terrorismo internacional y narcotráfico.

Tiene habilidad escurridiza, aunque reside en Marbella, uno de los lugares más visibles del mundo, y se rodea de una corte de seguratas que usan cuerpos de cemento armado y gafas oscuras. En su mansión se acumulan los signos de ostentación: perros adiestrados, mármoles, esculturas aparatosas y jarrones de porcelanas varias. Una mezcla de lujo saudí y estética Beverly Hills. A pocos kilómetros de su residencia vive Rifat al Assad, tío del presidente de Siria y rival de Al Kassar en el mundo de los negocios. Dicen que no hay conflicto armado en el que Al Kassar no haya metido baza. También se le ha relacionado con la insurgencia iraquí y ha mantenido relaciones con los servicios españoles de inteligencia.

El jueves, la Policía le echó el guante cuando llegaba a Barajas procedente de Málaga. Le reclamaba un tribunal de Nueva York por una serie de cargos (entre ellos, vender misiles a las FARC). Pocas horas después se procedió al registro de su vivienda de Marbella. De ahí salió Al Kassar hacia la prisión de Soto del Real, a esperar la extradición o el milagro español.

© Mundinteractivos, S.A.