Espinosa en Cangas del Narcea, de Xuan Bello en El Comercio
Este día, en la Librería Treito de Cangas del Narcea, presenté unas páginas impresas con la precisión huidiza de la nieve, y Xandru Fernández, tan buen novelista, tuvo a bien decir unas palabras a mi favor, cosa que se agradece; sustituía Xandru a Ignaciu Llope, otro escritor amigo, psiquiatra en aquella plaza, que por razones de última hora demasiado importantes se tuvo que ausentar. Era viernes y sólo éramos unos cuantos cómplices los que allí nos reuníamos: nosotros, en la mesa junto al alcalde, frente a un ventanal que descubría un paisaje espectacular, con viñas suavemente colocadas sobre el balcón del río; enfrente cinco o seis personas, entre ellas la editora Silvia Cosío que nos había acompañado, que escuchaban, creo yo que sin demasiado disgusto, las disquisiciones que en la mesa se suscitaban. Me comentaron que los viernes todo el mundo se marcha de Cangas del Narcea y yo me quedé pensando que las cosas no deberían de ser así: no me refiero a que me molestase que hubiera poca gente (a fin de cuentas, siempre son unos pocos 'happy few' los que eligen perder su tiempo con la poesía) sino a que no hay derecho a que el funcionariado, que sacó plaza para algo más que para garantizarse los garbanzos, coja carretera y manta en cuanto llega el fin de semana y se vaya a gastar sus cuartos a otra parte. Bueno, no quiero ahora hablar de esto ni tampoco de mi libro: a fin de cuentas, como Xandru desveló, sólo hablo de mí mismo hable de lo que hable (y a lo que yo repuse, con cierta inmodestia por mi parte, que eso era lo que habían hecho (bastante mejor que yo, eso sí) Tolstoi, Stendhal y Cortázar (cité a esos autores, cosa de la prisa, aunque hubiera sido mejor alegar en mi defensa a Montaigne, Cervantes y Cesare Pavese). En fin: yo estaba allí, frente a aquel ventanal escuchando a José María Cuervo y a Xandru Fernández, y algo iba naciendo en mí, como un susurro de palabras antiguas, que me hablaba de Cangas y sus circunstancias, de cierta suavidad anímica que en ese valle nos hace concebir la posibilidad de lo imposible en Asturias: un sur al sur de nosotros mismos, una vega tal vez al abrigo de las inclemencias. Rebusco en mi imaginación y descubro la imagen: una vega que está entre las manos de un niño, un niño que teme, porque sopla el ventarrón del olvido, a que se le caiga la vega de entre las manos y a ver cómo recoge él del suelo el relumbre parpadeante de la luz.
Soy de Tineo y hablar bien de Cangas tiene unas consecuencias a las que me someto de buen grado. Yo empecé a venir por aquí en la adolescencia, con el cuento de las fiestas de la Virgen del Carmen, tan sonadas, y por Tebongu, un pueblo del concejo, tuve una vez amores quinceañeros por causa de las fiestas del Avellano de La Puela. Tenía el mundo entonces una consistencia distinta aunque perdura esa luz de otro tiempo, acunándose entre las ramas, y que hace de Cangas un lugar que despierta en mí la ficción, las ganas de soñar y buscar, por sus calles antiguas, la antigua judería. Sí, digo bien si hablo de la antigua judería: muchos años después del edicto de expulsión de los judíos de España, que no tuvieron más ocasión que llevarse las llaves de sus casas como símbolo y la inteligencia para Ámsterdam, todavía en Cangas (el dato preciso lo aporta el historiador Juan Ignacio Ruiz de la Peña) el Consistorio seguía vendiendo a un tal Abraham unas tierras 'para cementerio de los suyos'. Esto demuestra lo que ya sabemos: que las cuestiones de religión por esta parte del mundo que llaman Asturias nunca se tomaron a la tremenda y que allá cada cual con lo que piensa o adora en su casa. Los gallegos son creedores, tienen voluntad de creer; los castellanos son creyentes e hicieron de su fe un látigo que rima, en la noche oscura del alma, con los horizontes despejados de la meseta; los asturianos somos descreídos más que incrédulos y empíricos por naturaleza: 'Dios y el cuchu pueden munchu, pero sobre too'l cuchu', dice la conseja popular que en otras partes se pronuncia, con más gracia aún, que 'de muncho val l'agua bendito, pero nun val pa tostar güevos'.
Pues estaba yo pensando en todas estas cosas, en la judería perdida de Cangas, cuando me imaginé al Baruch Spinoza (o Espinosa) labrando en su exilio de Ámsterdam la perfección de una lente y viendo, en un reflejo esquivo, el valle de Cangas. En ese momento se le ocurre la idea vertebral sobre la que va a girar su Ética y que no es otra que nadie puede saber por uno mismo; pues seguía Espinosa con su tarea afanándose transido de nostalgia en una casa junto al río y en aquellas viñas, que llamaban d'El L.leirón, y en las que tan bien se daba la uva alvarina. Estuve a punto de saltarme a la torera la presentación y comenzar a hablar de Espinosa, el filósofo, y su posible ascendencia canguesa. A fin de cuentas, vamos a decirlo un poco a la manera de erudito local, el filósofo que fundamentó la conciencia individual frente a cualquier otra es prohijado a porfía de muchas patrias y sólo se le reconoce, a ciencia cierta, su ascendencia ibérica. Portugal dice ser suyo. Castilla le niega esta gloria y la quiere para sí. Hasta Vigo tiene la misma pretensión. Cada lugar alega su derecho, pero ninguno lo tiene pues tengo para mí que Cangas, y no otro sitio, fue la cuna del laberíntico compositor de proposiciones contradictorias. Que yo sea de Tineo va a favor de la hipótesis, pues nunca se ha visto que uno de Tineo hablase bien de Cangas; pero qué quieren, yo tengo corazón y es cierto que nadie puede someterse, porque no lleva a ningún sitio, a juicios ajenos; la verdad es que me habría gustado que Baruch Spinoza, en su taller de Ámsterdam, expulsado de la sinagoga y perseguido por todas las injurias, tuviese el consuelo que yo tengo cuando cierro los ojos y recuerdo (fue ayer, pero pudo ser hace mucho tiempo) la villa de Cangas del Narcea en una tarde de leve lluvia, sol que asoma, pero no y la simpatía de quien va contigo acompañándote en la defensa de unas palabras (como en aquel poema de Pablo Marín Estrada) que se apagan en los labios de la gente como la nieve sobre la página escrita.
