WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

En origen las reuniones del entonces G-7 venían a ser las de un club de ricos. De países que se habían acostumbrado a ser un núcleo de privilegiados que vivían infinitamente mejor que el resto del mundo. Con un nivel de distribución de la riqueza y de disfrute del bienestar de una amplitud nunca alcanzada a lo largo de la historia. Hablaban de sus cosas, avizoraban si seguían sin verse nubes en el horizonte. El G-7 era el capitalismo en una de sus más prósperas y humanizadas versiones.

El G-7 era como una línea que unía a Estados Unidos y Canadá en el norte de América, a los mayores estados de la Europa occidental (Gran Bretaña, Francia, la República Federal Alemana e Italia) y, en Extremo Oriente, Japón. Más allá de este círculo restringido - que incluía implícitamente a otras naciones europeas- quedaba el ancho mundo al que se consideraba tercero:Asia, África, Latinoamérica. Tierras de la necesidad, de la pobreza. Y, excluida, enrocada en su sistema hermético, la inmensa área de los estados comunistas con polos mal avenidos en la URSS y la China de Mao.

Hubo quien dijo que el derribado muro de Berlín cayó sobre aquel Occidente tan mal acostumbrado a vivir confortablemente las incidencias tensas de la guerra fría. Visto desde hoy, aquella suposición aparece como algo más que una fina muestra de ingenio. Y en la foto de los asistentes a la reunión del G-8 de Heiligendamm, en Alemania, está la prueba. En principio el G-7 se podía representar como un triángulo con vértices en Estados Unidos-Canadá, la Europa occidental y Japón. El hundimiento y desmembramiento de la URSS indujo a convertir el triángulo en un cuadrilátero: Estados Unidos-Canadá, Europa, Japón y Rusia.

Eran los tiempos que siguieron a la perestroika y la glasnost de Gorbachov. ¿Por qué no invitar al club a Rusia, el imperio mutilado pero potencia nuclear y territorial euroasiática? Eran los tiempos en que Margaret Thatcher dijo del líder ruso que era "una persona con la que es posible entenderse", los del Bush padre en la Casa Blanca, del canciller Kohl, del presidente Mitterrand, de Andreotti. Otro mundo.

Ahora la foto de los Ocho presume otra más amplia con la asistencia de las potencias emergentes a las cuales pronto habrá que abrir la puerta. Como invitados estaban presentes China, India, Brasil, México, Sudáfrica.

Yen el fondo, sin que se les viera mucho, los países africanos que esperan ayuda para combatir la pobreza, el hambre, las enfermedades endémicas. El cuadrilátero se parece ya mucho a un dodecaedro. Ya no es un club de amigos de toda la vida que repasan cómo están sus asuntos sino una especie de reunión heterogénea en la que cada cual lleva la exigencia de ser oído. Los temas que tratar son los propios de una época que está globalizada. Por eso la agenda llevaba una prioridad: la preservación del medio ambiente. ¿No es lo que más afecta al mundo entero, la contaminación medioambiental, la previsible alteración climática de la Tierra, la casa del hombre? Luego, ayudar a África, el continente paria. Y Kosovo, Irán, Oriente Medio, Sudán... Muchos y delicados temas para tres apresurados días de reuniones.

Pero algo no estaba en el guión y, sin embargo, atraía toda la atención: las relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Con la Unión Europea en medio. La reunión de Heiligendamm venía precedida de mucho ruido que después ha acabado con pocas nueces. Había, y hay, discrepancias sobre la reducción de las emisiones contaminantes, productoras del efecto sierra.Un intercambio de acusaciones. El "tú contaminas más y desde hace mucho más tiempo. Nosotros tenemos que crecer". Y: "Tal vez, pero tú en pocos años nos dejarás sin aire para respirar". Reacios China, Rusia, Estados Unidos. Y en medio la canciller Merkel, con la propuesta sensata: reducir un 50% las emisiones de CO2en cincuenta años.

Por debajo, algo más sustancioso. También más inquietante. Se venía creando un clima preparatorio que recordaba los años de la guerra fría y alguien calificó de paz caliente. De nuevo, el lenguaje de los misiles. La decisión norteamericana de instalar un sistema antimisiles en Chequia y Polonia. Putin anunciando que Rusia disponía de otros que convierten a aquellos en inútiles. Y, por si fuera poco, que misiles rusos de ataque serían colocados apuntando a Europa. ¿Otra vez el fantasma del equilibrio nuclear como en los años en que frente a los nuevos misiles SS-20 soviéticos fueron situados en la Alemania occidental los de crucero y Pershing norteamericanos? ¿La carrera armamentista que culminó con el gran farol reaganiano de la guerra de las galaxias? A Putin se le desató la lengua en un repertorio nada original de advertencias y amenazas. Y porque se le echaba en cara que no respeta las libertades y derechos humanos contestó sin inmutarse que él es el verdadero demócrata mientras que Bush no es el más adecuado para alardear de ello.

La Unión Europea ha asistido un tanto encogida a este cruce de improperios. Inclinada a una razonable creación de puentes con Rusia pero no dispuesta a aceptar recriminaciones del Kremlin. Incómoda, cuando desea eliminar malentendidos con el gran aliado de ultramar al que ve enfangado en la aventura de Iraq con consecuencias perniciosas en todo el área medioriental ¿Por qué la ocurrencia - o la provocación- de colocar un sistema antimisiles junto a una Rusia ya bastante herida en su patriotismo por la pérdida del imperio y la vecindad creciente de la OTAN y la UE, sentimientos que Putin procura alimentar?

Lo peor para la UE es que en cierto modo existe aquella malhadada diferenciación de Rumsfeld entre una Europa vieja (Francia, Alemania) que se opuso al ataque a Iraq y otra nueva (Polonia, Chequia, Rumanía, Bulgaria) que lo aprobó e incluso secundó. Y que los gobiernos de esta última aceptan gustosos albergar el sistema antimisiles.

¿Paz caliente, pues? Un Bush en declive no está en el mejor momento para añadir problemas a los que ya le tienen abrumado. De ahí, su inflexión a la baja. No hay nada contra Rusia. Se trata de prevenirse contra Irán. Aunque de las emisiones de gases contaminantes, que se hable en la ONU.

Al final, resulta que no había para tanto. Un Bush disponible ofrece incluir a Rusia en el territorio defendido por el sistema antimisiles. Y Putin, cazurro, propone el uso de radares antimisiles establecidos ya en Azerbaiyán, a lo que Bush evita dar un sí o un no por respuesta. Todo queda abierto. Claro que vendrán más episodios. Tensiones con los estados bálticos que fueron soviéticos, con Georgia, Ucrania. Irritabilidad polaca, checa. Tal vez rumana, búlgara. Y Putin, moviendo los hilos del gas en Europa, preparando la sucesión o la reelección a la presidencia con los antiguos compañeros del KGB, apoyado por el clan de los petersburgueses y los obedientes magnates surgidos del expolio del Estado soviético.

¿El parto de los montes? No. Algo que va a seguir. Habrá nuevos capítulos de la serie en la que China e India se disponen a participar como protagonistas. Por ahora, la cuestión es tomar posiciones de ventaja sin hacerse daño. En el Gran Hotel Kempinsky de la localidad balnearia del Báltico, en el que fue salón de baile de la Kurhaus, las sombras de la antigua Prusia deben de haberse sentido redivivas. Tan distinto todo y tan igual...