EL RUNRÚN
"Un cura belga te espera", le dijo un chaval de la parroquia madrileña de San Carlos Borromeo a Enrique de Castro hace más de veinte años, cuando en Entrevías apenas asomaba el ladrillo y en las chabolas de El Pozo del Tío Raimundo se acumulaban regueros de pobreza y heroína. "Iba vestido de negro, no dijo su nombre y preguntó cómo podía ayudar", recuerda Enrique, también conocido como el cura rojo: más de 35 años oficiando misas dialogadas, comulgando con pan y rosquillas, predicando que la fe es humana y que no puede estar secuestrada por religiones; "una iglesia que no sirve, no sirve para nada". Al cabo de unos días en la parroquia recibieron un televisor, una furgoneta y ochenta mil pesetas, con una nota: "Para que recen por Luis y Pedro y por las obras que ellos dirigen". En el sobre venía el membrete del Banco Popular. Enrique lo quiso devolver: "Aquí no se reza por encargo", les dijo a los chavales, compungidos, mientras empaquetaban de nuevo la tele. Pero aquel hombre que fue confundido con un cura belga insistió en que aceptaran los presentes, y para ello se avino a firmar un compromiso por escrito que decía: "La oración es libre". "¿Pero tú quién eres?", le preguntó en la tercera cita al hombre de negro: "Me llamo Luis Valls Taberner". "¿Y qué quieres? ¿Ganarte el cielo?". "Yo sólo soy banquero y creo que se puede ayudar tanto al norte como al sur".
Enrique de Castro había aparecido por aquella época en el programa La clave:"Puse en solfa al Opus Dei comparándolos con los fariseos y los seduceos. Valls era numerario y le pregunté: ¿y cómo vienes a verme?". A lo que el banquero respondió: "Con mucho cariño". "Me descolocó más de mil veces", añade el cura mientras tomamos una tapa de tortilla en un bar de Vallecas. "Al final la ideología no es lo que impera, las personas están por encima de todo".
La parroquia que a día de hoy el cardenal Rouco Varela quiere cerrar fue reformada con el dinero de Valls Taberner, el mismo que llegó a pasar tardes enteras con los Traperos de Emaús y les concedió un crédito sin intereses. Eran tiempos revueltos, en los que Enrique, hijo de un general de aviación de derechas, después de estudiar teología y acercarse al cristianismo marxista, denunciaba la corrupción policial y la tortura, la droga servida en bandeja por el sistema como la mejor adormidera para aquellos desheredados potencialmente subversivos. Desde los años setenta hasta hoy han atendido a más de cinco mil personas: drogadictos, presidiarios, insumisos, okupas, prostitutas, madres solteras, enfermos de sida, estableciendo junto a sus feligreses una red de acogida y desempeñando una labor de la que los servicios sociales deberían tomar apuntes.
Dice Enrique - para quien Rouco estudia una suspensión a divinis,o sea, un además de cerrar tu parroquia te mando al paro- que no espera nada y lo espera todo. Sigue declarando que el Vaticano es "el centro de espiritualidad de los poderes de Occidente". También sigue denunciando las torturas en democracia, como las que dice que se aplican en algunos centros de menores privatizados. Tras la muerte de Valls Taberner, de quien Enrique se había distanciado porque le incomoda el poder, los chavales lloraron, agarrados de la mano.
San Carlos Borromeo no es un foco revolucionario. Es una iglesia, sin altar ni cáliz, donde los musulmanes rezan el padrenuestro, y los ateos comulgan. "Un lugar sagrado", dijo cuando pisó su suelo Leonardo Boff, otro de los perseguidos por las casacas púrpura bordadas con hilos de oro. Si Dios existe, no tengan duda de que estos días andará por Entrevías.

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