En el inquieto solar patrio, a pesar de los malos vientos que corren, responsables deportivos primero y políticos después andan, ¿será para olvidar?, a la «recherche» de una letra para la marcha.
Desde que Tierno falta, hay que reconocerlo, «la marcha» ya no es su marcha, sino simple botellón. Así de claro. El botellón no precisa ni letra ni música, sólo alcohol y follón. Por lo visto, quien sí necesita la letra es «la afición». Los responsables deportivos dicen ver con horror cómo los campeones y las aficiones acompañan con gruñidos unas veces solemnes, otras atropellados, pero nunca alegres, los viejos sones de la marcha real, huérfana de letra, elevada, sin este atributo, hace una década a himno nacional.
La marcha se interpretó, quedando desde el XVIII en actos públicos y solemnes, en los que nunca nadie esperó que el pueblo fiel sintiera la necesidad de sumar su voz al real evento que la marcha acompañaba. Por eso, la marcha nunca tuvo letra oficial.
Si hubo «intentos» de ponérsela, como, por ejemplo, el de Marquina, «Gloria, gloria corona de la patria, / soberana luz / que es oro en tu pendón».
Gloria, corona, patria, oro, pendón, a mi juicio, más que difícil combinación para el ciudadano de hoy. No corrió mejor suerte la del siempre inspirado vate nacional don José María Pemán, que con «Viva España, alzad los brazos / hijos del pueblo español, / que vuelve a resurgir», puso a la marcha, que queda, tufo a recio y rancio sobaco falangista, que tanto admiraban al poeta...
Tuvo también «letra pícara», de autor desconocido, que quizá fuera útil en los eventos deportivos multitudinarios, donde el espectador en casi todas las ocasiones pierde su dimensión racional para convertirse en patético y patriótico irracional. Decía la letrilla, «Burro, pollino, cabestro, animal que con el tiempo llegarás a rebuznar». Letra muy simple y bien sencilla de recordar...
Los peligros de querer hoy poner letra a «la marcha», que sólo Tierno, ciudadano ideal y presidente in pectore, entendía y hubiera podido resumir en bonitos pareados, son mayores que los de jugar con gas licuado.
El peligro de que pomposas eminencias sumaran sus pompas para cantar pomposamente a la madre patria lo señalaba, muy acertadamente en estas mismas páginas hace fechas don Pedro de Silva, poco sospechoso de explosivo, lineal o poco marchoso, en su billete diario, bajo el neutro título de «El himno».
También en estas páginas, y el mismo día que don Pedro advertía en portada del peligro de las «pompas» de jabón, el señor Guillot, en la página de cierre, en brillante crónica, como todas las suyas, hacía, bajo el título de «Asturias no es de letras», recopilación de opiniones astures, a las que sumó, sorprendentemente, la de D. Isabelo Herreros, el secretario-propietario de la marca Izquierda Republicana, que, por su vinculación al legado de Azaña, se inclina, como no podría ser de otra manera, ante el himno de Riego.
Siendo a más de asturiano, que es mucho, gijonés, que es lo máximo, don José R. Pérez Las Clotas, como cumple a su ideal y a su nacimiento, propone, según el cronista, recuperar la letra (y supongo que la música del himno de Riego), ¿cómo no?, al fin y al cabo, la letra es de puño gijonés, como salida de la pluma de don Evaristo Fernández San Miguel y Valledor.
La letra de San Miguel puede tacharse de retórica, también de extensa, pero nunca de sangrienta, cruel o afrentosa para la real institución que hoy por hoy corona el edificio de la patria.
Gijón, cabe puntualizar al cronista, que achaca el desvío al exceso retórico de nuestro paisano, nunca cantó el himno de Riego, siempre lo escuchó en reverente silencio. No fueron los de Riego sones revolucionarios, como lo fueron los de la «Marsellesa» o la «Internacional», sino simplemente patrióticos. Que la II República, venida en paz, esperanza y votación, hiciera de él himno nacional lo acredita.
En nuestra villa, por ejemplo, en 1892, cuando don Práxedes, no siendo poder, nos visita, entre honores de jefe de Estado, en felices días de agosto, los sones de Riego lo reciben, lo acompañan, lo despiden.
En el recorrido de la llegada dice «El Comercio» del jueves 18: «Los patrióticos sones del himno de Riego, que en distintos sitios tocaban tres bandas de música, llenan el espacio de alegres ecos».
En la gran gala de los Campos Elíseos, viernes 19 de agosto, «El señor Sagasta, al parecer en coche, fue saludado con los acordes del himno de Riego por la banda particular de música que le esperaba en los jardines, así como también por la orquesta del teatro, que tocó la misma composición al presentarse el jefe liberal en el palco que se le destinaba». Se interpretaba, no se cantaba.
En la despedida, el miércoles 24, «Precedían al coche del señor Sagasta las dos bandas de música locales, abriéndose paso entre la apiñada multitud a los "alegres" acordes del himno de Riego. Por cierto, el señor Sagasta, casi sobre el féretro del asesinado Cánovas, dijo una frase que debería servirnos hoy de himno a los españoles «del muy bien», y a los cori-feos o cori-guapos del señor Rajoy de lección imborrable: «Si ahora salieran del poder los conservadores, se diría que la política española obedece a los designios de un asesino. Creo que debe seguir el actual gabinete». Gijón, cinco años antes de tan sabias palabras, ya sabía que Sagasta bien merecía un himno...
Sones alegres y patrióticos: inocentes, letra de circunstancias, que canta la libertad, que bebe entusiasmos hasta llegar a «La trompa guerrera», pero nada más... La Marsellesa, en cambio, es toda ardiente revolución, "Vayamos, hijos de la Patria, que el día de Gloria ha llegado! ¡Temblad tiranos!,... Si la Marsellesa no tuviera letra, ¿alguien se atrevería a escribir hoy la que en mil y mil ocasiones ha dado la vuelta al mundo encendiendo los corazones revolucionarios?. Seguro que no... Las cosas tienen su momento. Mejor las dejamos como están: Riego, Retórico, patriótico y alegre; La Marsellesa, ardiente desafiante, Revolucionaria. La Marcha, que queda, muda.
Por cierto que en las ferias de abril del 31 no se cantó en Gijón la «Marsellesa», ni en el Ayuntamiento ni en las calles. Era escaso el francés del pueblo soberano. Excelente era el de don Carlos Martínez o el de don Valentín Álvarez..., pero ninguno de los dos estaba para canciones.
Lo que sí dispuso el comité revolucionario la tarde-noche del feliz 14, después de la liberación de los presos de El Coto, fue un concierto de la banda municipal en la plaza del Capitán Galán, y una vez terminado hizo pasacalle interpretando la «Marsellesa» y la «Internacional», «siendo en todas partes acogida con nutridos aplausos». El siguiente 15, declarado fiesta nacional, la banda del regimiento de Tarragona, a mediodía, ofreció otro concierto en la misma plaza, «donde recibió expresivas muestras del aprecio popular, que se acentuaron y tradujeron en entusiasmo cuando acertaron a interpretar la "Marsellesa"».
Músicas, señor, celestiales unas, terrenales otras..., deportivas algunas. Cada una en su sitio. Por sudar la camiseta, no seamos burros etcétera, etcétera, etcétera.

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