El espejismo de Dios, de Salvador Llopart en Los Blogs de La Vanguardia
No hace mucho preguntaron a un escritor, creo que fue al británico Julian Barnes, si creía en Dios.
-"No. Pero cómo lo extraño", fue su respuesta.
Efectivamente, parece que la añoranza de Dios y la preocupación por la religión se han convertido en uno de los temas del momento. Libros y más libros sobre el mismo asunto se amontonan en las librerías más inquietas. Son ensayos escritos desde todos los puntos de vista, el del creyente, el del agnóstico y el del ateo; aunque este último, para ser sinceros, parece que abunda mucho menos.
De estos últimos, de los libros escritos desde el punto de vista del ateismo recalcitrante, quizá el más destacado sea "El espejismo de Dios", del británico Richard Dawkins.
Dawkins es un científico. A él se debe la idea del "gen egoísta", un concepto sencillo pero de largísimo alcance en genética. Un concepto que, por resumir, y simplificando mucho, viene a decir que la lógica de los genes dirige el juego de la evolución humana. Un juego en el que las personas, como individuos, somos meros contenedores; apenas unos comparsas de los deseos, las necesidades y las batallas de los genes, diseñados para, en esa batalla eterna por la vida, intentar perpetuarse a toda costa.
La idea del gen egoísta es una metáfora fecunda y se puede decir que cambia el acento de lugar, del hombre al gen. Una metáfora sencilla, pero que, como generadora de ideas, precisamente por su sencillez, ha resultado en cierta medida tan fundamental para el entendimiento de la evolución como lo fueron las ideas de Copérnico con respecto al movimiento relativo de la Tierra con respecto al Sol.
En "El espejismo de Dios" (Espasa), Dawkins intenta un poco lo mismo, cambiar el acento de lugar, pero en este caso con respecto a la religión. ¿Necesitamos la idea de Dios?, se pregunta el científico, y su respuesta evidentemente es no. Con el concepto de selección natural y evolución tenemos bastante para cubrir todas las necesidades denominadas "espirituales", porque el espíritu, dice Dawkins, es un producto más de la evolución humana. Y desde tal convicción, anima a los agnósticos a dar un paso al frente y declararse ateos de una vez por todas.
Quizá haya muchos que, tras la lectura de "El espejismo de Dios", incisivo, convincente y brillante ensayo donde los haya, acaben pensando igual que Dawkins.
Pero, como Barnes, puede que sigan añorando la figura paternal de un Dios todopoderoso.
Amen.
