A últimos de mayo se conmemora en EE. UU. el Memorial Day.

El homenaje a los soldados caídos se centra en una emotiva ceremonia en el cementerio de Arlington, desde el cual se divisa un Washington del que sobresalen sus monumentos.

Hogaño, como otras veces, en el cementerio hay una sección abierta donde reciben sepultura los ataúdes recién llegados. Son más o menos el diez por ciento de los que caen en las operaciones actualmente tan mortíferas de Iraq y en mucho menor grado las que se suceden en Afganistán.

Leí la crónica de nuestro corresponsal Eusebio Val desde un cementerio que tiene para mí inolvidables recuerdos. Estuve con el embajador Alonso Álvarez de Toledo el día del entierro del presidente Kennedy. No era la primera vez que pisaba Arlington, puesto que lo visité al inicio de la posguerra de la Segunda Mundial. Cuando leo el goteo de soldados norteamericanos muertos que la prensa destaca muy a menudo, no puedo olvidar los soldados norteamericanos con los cuales conviví en el norte de África mientras esperaban el desembarco en Europa. ¿Cuántos de ellos morirían? Se les razonaba sobre le motivo por el que estaban allí, ante el peligro y tan lejos de su casa. "¿Por qué debemos combatir?", rezaban los títulos de las películas que les mostraban para convencerlos de que debían luchar en Europa en defensa de la libertad y contra la tiranía. Se les decía que América también podía ser un día atacada. Siempre ha habido en Norteamérica un temor de ver alcanzado su territorio por un ataque exterior. Primeramente fueron los misiles soviéticos que a principios de los 60 navegaban rumbo a Cuba, donde su instalación iba a ser una pistola apuntada al corazón de Nueva York. Sabido es que estuvo a punto de estallar la que hubiera sido la tercera guerra mundial. A última hora Jruschov, después de un contacto con los norteamericanos, decidió ordenar a los buques transportadores la media vuelta rumbo a sus lugares de procedencia. Fidel Castro no intervino para evitar lo que hubiera sido una tan gran catástrofe.

Curiosamente, el ataque sobre Nueva York se produjo no por misiles soviéticos - la guerra fría había terminado- sino por unos aviones cargados de dinamita que los islamistas de Bin Laden lograron lanzar contra las Torres Gemelas de Manhattan, contra el Pentágono, y un cuarto avión que, por las luchas internas, cayó antes de impactar objetivos en Washington.

Nadie se sorprendió de que al siguiente día el presidente Bush recogiera el guante de la guerra y anunciara lo que fue un ataque contra Afganistán, donde los talibanes albergaban los campos de entrenamiento y el cuartel general de Bin Laden. Bush obtuvo un éxito militar y político y mereció la aprobación de la opinión mundial. Pero a veces las victorias son muy malas consejeras. Busch, creyendo que podía repetir parecido ataque relámpago, decidió atacar Iraq, donde el tirano Sadam Husein podía preparar hostilidades. Se empeñó en que fabricaba armas de destrucción masiva, cosa de la que no había pruebas y antes de comprobarlo se lanzó, en contra del Consejo de Seguridad de la ONU, a una guerra equivocada política y militarmente. Políticamente se vio muy pronto y en ese error estuvo presente el gobierno del presidente Aznar, quien, sin autorización de las Cortes, mandó tropas a Iraq después de aparecer en la foto de las Azores. Hay que diferenciar, por consiguiente, lo que es Afganistán, con la justificación de intervención militar, de la operación Iraq, faltada del beneplácito de la ONU.

El poco éxito militar lo había pronosticado Sadam Husein, que era un sátrapa pero no tonto, cuando dijo que después de los primeros logros llegaría un estancamiento con lucha de guerrillas y empezaría un envío ininterrumpido hacia Washington de ataúdes envueltos en la bandera de las barras y las estrellas. Y así ha ocurrido y todavía, según la crónica del Memorial Day, se entierran todas las semanas múltiples soldados caídos en Iraq. Ellos han muerto sin saber dónde caían, con la bendición de laONUo la reprobación general.

Es de especial actualidad hablar de una casi tercera guerra, que vemos en estos momentos muy distinta de las anteriores, puesto que se nutre de guerrilla y, sobre todo, de terrorismo. En Iraq se han mezclado los insurgentes autóctonos con los terroristas llegados de otros lugares del mundo para, muchos de ellos, inmolarse en suicidios que conllevan la muerte de personas inocentes. El suicida que lleva una bomba en la cintura o conduce un coche bomba es también un arma de destrucción masiva cuando se sitúa en un mercado, junto a la cola de un autobús o a la puerta de una mezquita. ¿Cómo luchar contra el que ya de antemano quiere morir?

No todos los terrorismos son iguales, pero sí sus mortales consecuencias. Es por ello por lo que cabe señalar, finalizada la tregua de ETA, que nuevamente tenemos que defendernos de dos terrorismos distintos, pero igualmente mortíferos.