LA RUPTURA DE LA TREGUA DE ETA
Lo teníamos asumido y, desgraciadamente, ha acabado pasando: ETA ha roto definitivamente cualquier esperanza de que el precario proceso de paz puesto en marcha el año pasado acabara de forma mínimamente exitosa.
Que tras la bronca política, la falta de avances significativos en el proceso de paz y el atentado de Barajas, ahora ETA rompa formalmente el alto el fuego parece conducirnos a un escenario sin salida. Pero precisamente porque se ha frustrado una importante esperanza, ahora se hace más necesario que nunca no cruzarnos de brazos, no resignarnos. Como tantas veces antes, personas, entidades e instituciones que queremos un futuro en paz para el País Vasco debemos esforzarnos al máximo para hacerlo posible.
SÍ: ES DURO constatar que, a pesar de todos los discursos, ETA vuelve a poner las armas por encima del diálogo, por complicado que este sea. Ya ha muerto mucha gente y, según parece, ETA viene a decirnos que cree que todavía tiene que morir más. Patético para una organización que se considera la vanguardia de un pueblo que, en repetidas ocasiones, ha dejado bien claro que no quiere violencia.
Ahora sería muy necesario que algunas de las leves muestras de autocrítica que han llegado últimamente de la izquierda aberzale se convirtieran en una opción contundente y radical a favor de las vías políticas. Pese a que se suele pensar lo contrario, en el fondo hace falta mucha más valentía para denunciar las armas que para justificarlas. ETA ha frustrado una posibilidad de explorar una solución pacífica: ahora necesitará mucho más para hacer creíble un pronunciamiento de este tipo.
Pero de todo este proceso también podemos extraer algunas lecciones. A menudo ha parecido que el Gobierno español, pese a haberlo impulsado, estaba más pendiente de las críticas de la oposición que de consolidar un proceso con decisiones y plazos adecuados. Por su parte, la oposición, en lugar de hacer pedagogía a favor del proceso de paz, parecía trabajar para que fracasara, y parece alegrarse de que finalmente haya acabado así. Bastante grave, todo ello.
Es absolutamente irresponsable que se utilice el tema vasco con intereses partidistas. Había que aprovechar al máximo la oportunidad que se creó con el alto el fuego de ETA para trabajar por un futuro de paz, no para ver quién mejoraba sus expectativas electorales. La inmadurez que ha puesto de manifiesto todo esto es reveladora. Habría que recordar que los gobiernos y partidos están para resolver problemas, no para amplificarlos o hacer inviables las posibles soluciones.
EN CUALQUIER caso, tenemos una certeza para el futuro inmediato: cualquier otro intento de culminar un proceso de paz requerirá mayores dosis de responsabilidad por parte de los principales responsables políticos. Y eso no depende de ETA: depende de las prioridades y voluntades que se fijen estos responsables.
También es necesario revisar las estrategias legislativas, políticas y jurídicas antiterroristas. Hay que tender a incluir e integrar el máximo posible de sensibilidades en el País Vasco, no fomentar la exclusión o la marginación. La dinámica de las ilegalizaciones, más allá de su discutible adecuación jurídica y política, no parece una vía sensata para afrontar con éxito un proceso de paz.
Pero que la credibilidad de ETA esté bajo mínimos, que haga falta revisar la estrategia antiterrorista o que la actuación de la clase política no haya estado a la altura de lo que se necesitaba no quiere decir que no haya espacio para nuevas posibilidades y oportunidades de paz. Hay que recordar que transformar situaciones de violencia en opciones de convivencia y paz no es fácil. Ni en el País Vasco ni en ningún lugar. Conocemos multitud de procesos de paz en los que para concretar pequeños avances han sido necesarios muchos años de esfuerzo. Por lo tanto, no acompañemos el retroceso que vivimos ahora en Euskadi con más derrotismo, sino todo lo contrario. Cuanto antes seamos capaces de concretar nuevos pasos hacia delante, antes veremos el final de la violencia.
HACE AHORA tres años, impulsado por la Fundació per la Pau, una serie de personas vinculadas a la cultura de paz, de los ámbitos catalán, español y mundial, hacían un llamamiento a ETA para que ofreciera una tregua y, así, pudiera empezar un proceso de paz. Porque, más allá de la crítica ética y política de la violencia, estaba claro que el ciclo de la violencia de ETA es terminal, está aislado en Europa y debilitado y sin apoyo social en el País Vasco, así como descolocado por la irrupción del nuevo terrorismo internacional. Todos estos datos siguen siendo muy ciertos. Lo quiera o no, ETA está fuera de lugar.
Pero para poder avanzar es necesario una vez más que la ciudadanía, las entidades, el mundo cultural e intelectual, vuelvan a ser motor de cambio: la paz en el País Vasco es demasiado importante como para dejarla únicamente en manos de un grupo armado residual que se resiste a desaparecer y de una parte de la clase política que actúa en función del frustrante marco del que venimos, en lugar de ser capaz de imaginar y construir un marco nuevo, mucho más ilusionante.
Jordi Armadans. Director de la Fundació per la Pau.

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