AQUI NO HAY PLAYA
La frente de Morante quedó zanjada en dos, como esta España siglo XXI de inquina y mala baba, y lo mismo la turbamulta de la plaza de toros de Las Ventas, que adoraba al ángel trágico y sangrante pero también le daba cera porque la tarde -antes de ese sexto noble y traidor- había olido bastante a chamusquina. La frente de Morante con aquella sima de sangre cosida a grapas era la España negra de Regoyos y Gutiérrez Solana, el fulgor fugaz de la contradictoria Iberia y el sentimiento trágico de la vida que nos quiso contar Miguel de Unamuno, aunque para trágico Millán Astray, que le quería, pero le quería colgado de los atributos. El toreo del arte es así, el toreo sevillano es así: un cuentagotas de nazareno y oro, un siesnoés capaz de la miel y de la hiel, toreros faraones o toreros ladrones, estirpe, desconfianza, genio, miedo, vestigio, grandeza o flores de ruina... Y el sombrero torcido de Rafael de Paula dibujando volatines en el aire de la tarde.
Se da de tortas España como el Núñez del Cuvillo le dio de tortas a Morante, partiéndole la cara y humillándole como a un guiñapo que llora (Morante lloró y el Rey, que no se pierde ni una ni media, lo vio). No hay que andarle para atrás a un toro bravo, porque el toro muerde, y a Morante le mordió. Lo mismo que no hay que andarle para atrás a un político sediento y hambriento de poder, porque llegado el momento le sacas una foto inoportuna en un debate televisado y, como diría Filemón, «Mortadelo, la hemos cagao». Una foto traidora aquella, como el morlaco del Cuvillo, pero sin su nobleza. Y cada uno en su sitio. San Alberto en la poltrona y San Sebastián en el martirio, con sus flechas.
La miel y la hiel se licuaron la otra tarde en el manicomio de Las Ventas, donde hasta los locos peligrosos del siete tuvieron que bramar loores después de bramar furias, viendo que la desidia se tornaba hazaña. San Isidro, Las Ventas, Madrid, España, extraño lugar donde, cada tarde durante más de un mes, 24.000 figurantes le han puesto cara a la sempiterna/ingenua interrogante: la gente en esta santa ciudad, por las tardes, ¿es que no curra o es que se lo monta fetén? Que se lo digan a los bareros de la plaza, anegados en un colapso de gintonics verdosos y espumas blancas. Que se lo digan a las calles y a las plazas y a las tabernas y a los restaurantes y a los garitos diversos y peligrosos de este Madrid, cuando cada mayo, por las noches, tras la digestión de la miel y la hiel, miles de bon vivants deslizan sus cuerpos entre el fulgor y el ardor, entre las dos caras de la vida -el placer y el dolor- incrustadas a ambos lados de la cicatriz que ahora, como un rayo, cruza la frente de Morante.
© Mundinteractivos, S.A.

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